LA CAUSA PATRIÓTICA SE HUNDE EN EL ALBAÑAL ULTRADERECHISTA. No es un partido nacionalista español, como tampoco lo son el PP o C’s: Vox rechaza expresamente este calificativo infamante y declara un programa neoliberal en economía, católico en cultura o valores, franquista en memoria histórica y sionista en relaciones internacionales.

Sin embargo, de facto, ha usurpado el voto de millones de trabajadores huérfanos de partido, que se sienten nacionalistas españoles y que sólo por este motivo apoyaban a la derecha burguesa; que dejaron de votar al PP o a C’s porque les pareció percibir —erróneamente— que Abascal sería más nacionalista que Casado o Rivera. Con Vox sucede algo parecido a Convergència en Cataluña: un partido liberal, católico y sionista usurpa el lugar del nacionalismo catalán hasta reducirlo al más absoluto descrédito. Sólo ahora nos enteramos, en efecto, por boca de Laura Borràs, que estos sinvergüenzas engendrados por Pujol no se sentían nacionalistas, sino únicamente independentistas. Independientes lo eran ya, sobre todo, de la ley, porque en realidad constituyen una mafia, una oligarquía criminal apátrida vasalla, en todo caso, de Israel. Por lo que respecta a Vox, la cosa es todavía más grave, por cuanto el nacionalismo español arrastraba el lastre del franquismo, régimen nacional-católico y, por tanto, no-nacionalista, que había usado y abusado hasta las heces de los símbolos del nacionalismo español. Convirtiéndolos en quincalla insufrible para una parte importantísima de la población, a saber, la que vota a partidos de izquierdas.

La Izquierda Nacional de los Trabajadores (INTRA) ya denunció este hecho años atrás en un manifiesto donde reivindicaba la necesidad de un nacionalismo español democrático, progresista en lo social, laico en materia religiosa e integrador de todas las culturas hispánicas:

El denominado Reino de España es uno de los pocos países europeos que no ha desarrollado un nacionalismo político normal, moderno, es decir, compartido por la mayoría de los ciudadanos. De hecho, existe un nacionalismo español, pero encerrado en guetos y ámbitos harto minoritarios de la extrema derecha antidemocrática. Este nacionalismo se confunde con la dictadura del general Francisco Franco y otros episodios polémicos de la historia de España.

Para el nacionalismo español actual, ser español significa, en primer lugar, hablar castellano. Si eres español, habla español, sostenía la propaganda del régimen franquista. Cuando un catalán habla catalán es como si hablara un idioma extranjero. El catalán no ha sido considerado una lengua española por parte de los “nacionalistas”, incluso se le ha negado su condición de idioma y, así, a la postre, ha sido el mismísimo nacionalismo español el que ha generado un nacionalismo catalán reactivo que les toma la palabra a sus adversarios y defiende la lengua propia como núcleo de una nación separada. Otro tanto puede afirmarse de los vascos y de los gallegos, pueblos hispánicos con idioma diferenciado que, en mayor o menor medida, han seguido los pasos de Cataluña hacia la secesión. En un nacionalismo regular y templado, un catalán sería español cuando hablase catalán y en tanto que catalán, es decir, sin necesidad de añadir bilingüismo alguno a su cultura y mentalidad. Siendo todo ello perfectamente compatible con el hecho de que exista, por razones obvias, una lengua común, la castellana, compartida por todos los ciudadanos del país. Pero esa lengua no tiene que ser ni más ni menos española que sus hermanas. Desde el punto de vista político, el castellano debería considerarse, en última instancia, y excepto para los castellanohablantes de nacimiento, un mero requisito técnico que nos permitiera comunicarnos como ciudadanos hispánicos herederos de distintas tradiciones culturales.

Por si fuera poco, para el vigente nacionalismo español de extrema derecha, además de hablar castellano, un español auténtico tiene que ser católico practicante e incluso católico preconciliar (fundamentalista). Los españoles ateos no serán, en cualquier caso, reconocidos como “buenos españoles”; ya no digamos todos aquellos colectivos que vulneran alguno de los preceptos de dicho dogma religioso: homosexuales, matrimonios civiles, mujeres que han decidido abortar, etcétera. Tampoco pueden ser españoles los trabajadores, porque un buen español ha de ser “de derechas” e identificarse con el tipo de sociedad que correspondió a las épocas hegemónicas de la historia nacional. Pero ese tipo de sociedad será siempre, visto desde una perspectiva moderna, necesariamente conservador. Erigido en arquetipo o modelo político, semejante idea de España sólo puede nutrir programas de la derecha más rancia. En consecuencia, los trabajadores, es decir, la gran mayoría de la población, cuyo voto tiende a orientarse hacia la izquierda, no pueden sentirse españoles de verdad y rechazan el nacionalismo como una ideología retrógrada, residual. Siguiendo la misma lógica reaccionaria que las anteriores, los españoles deberían ser monárquicos: un español republicano es sospechoso de traición a la patria, por cuanto en sus mejores tiempos España fue una monarquía. Ese mismo mecanismo arcaizante transforma el nacionalismo español en algo incompatible con la democracia: el patriotismo tiene que devenir a la postre, por necesidad, dictatorial, antidemócrata y, consecuentemente, hostil a los derechos básicos de los españoles y del propio pueblo español en tanto que fundamento constituyente de la soberanía nacional.

En definitiva, el nacionalismo español de extrema derecha, el único realmente existente hasta la fecha, se ha basado en la exclusión de toda suerte de sectores y segmentos sociales, del pueblo en cuanto tal, y en la reducción de España a una secta cristiana violenta, ultracatólica, etnicista castellana y reaccionaria. ¿Cómo puede entonces extrañar que los “patriotas españoles” sean únicamente aquéllos pocos grupúsculos que se reúnen en actos cuyas cifras de asistencia no superan nunca el millar de personas? El nacionalismo español ha fracasado una y otra vez. Y con él, lamentablemente, ha fracasado también España como país, pues un Estado sin un imaginario nacional pacíficamente compartido está, ayuno de legitimación, condenado a fragmentarse. El denominado Estado de las Autonomías representa la etapa actual de un proceso de descomposición del Estado español que se podrá retrasar más o menos con fórmulas federalistas, pero que no se detendrá hasta consumarse si antes no analizamos y comprendemos las causas del fenómeno. De esa comprensión puede y debe surgir, empero, un movimiento nacionalista hispánico de izquierdas, laico, republicano y plurilingüe cuya primera tarea será romper simbólicamente con la extrema derecha de manera ostensible. El nacionalismo español opera como un verdadero obstáculo –aunque pretenda lo contrario- para la defensa de los intereses nacionales. Por eso hablaremos de nacionalismo hispánico y de catalanismo de la Marca Hispánica, porque si no lo hiciéramos así seríamos devueltos ipso facto, por los medios de comunicación y la propaganda del sistema oligárquico imperante, al reducto sitiado de la extrema derecha españolista.

En lugar de ello, y como consecuencia del enfermizo anti-patriotismo de las izquierdas cosmopolitas de Ex-paña, que han consentido esta usurpación, la oligarquía judía parió un monstruo llamado Vox, es decir, una suerte de franquismo cultural redivivo cuya verdadera función no es otra que potenciar, de rebote, el separatismo oligárquico e impedir a cualquier precio el nacimiento de un auténtico nacionalismo español a la altura de los tiempos. INTRA denunciaba ayer esta situación:

HACIA LA FRACTURA. La extrema derecha se apropia definitivamente del nacionalismo español. Ya ni siquiera el PP asistió a la manifestación, repleta de signos franquistas. Puigdemont no puede sentirse más satisfecho: Vox le va a regalar el filón electoral que necesita para cruzar, en Cataluña, el umbral del 50% pro-independentista. Que no te engañen.

Según Vox, el peligro es el comunismo y las élites (¿banqueros?) son progres. Nos encontramos en estado de shock. Ante semejante fraude, INTRA es contundente: Stop ultraderecha. Sólo un nacionalismo hispánico de izquierdas puede preservar la unidad del Estado. Que no te engañen. Nosotros no podemos hacer otra cosa que asumir esta sabia consigna.

Figueres, la Marca Hispànica, 13 de enero de 2020

TERRORISTAS JUDÍOS FINANCIAN VOX

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