UN MILLÓN DE IRLANDESES PERECIERON DE HAMBRE ANTE LA MIRADA BÍBLICA Y LIBERAL DEL GOBIERNO DE LONDRES. Mientras los terratenientes ingleses —herederos de la sangrienta conquista de la isla por el fanático puritano judeo-cristiano Oliver Cromwell—, se apropiaban del trigo de los campesinos irlandeses, éstos perecían de hambre después de que una plaga acabara con su único sustento, a saber: las patatas de sus minúsculos huertos familiares. 

Es importante subrayar el papel del liberalismo en la sutil política económica de limpieza étnica perpetrada en Irlanda por la oligarquía bíblica. El principal denunciante de los hechos fue un inglés, John Mitchel, quien se expresó sobre el meollo de la cuestión con meridiana claridad:

Mitchel escribió más tarde uno de los primeros tratados ampliamente difundidos sobre la hambruna, The Last Conquest of Ireland (Perhaps), en 1861. Estableció la opinión generalizada de que el tratamiento de la hambruna por los británicos fue un asesinato deliberado de los irlandeses y contenía la famosa frase: “El Todopoderoso, de hecho, envió la plaga de la patata, pero los ingleses crearon la Hambruna”. Mitchel fue acusado de sedición debido a sus escritos, pero este cargo fue retirado y fue condenado por un jurado unánime según la Ley de Delitos por Traición recién promulgada y sentenciado a 14 años de transporte a Bermudas.

La fuente es nada menos que la Wikipedia, poco sospechosa de populismo, nacionalismo, comunismo o fascismo:

Las medidas emprendidas por el sucesor de Peel, Russell, resultaron comparativamente inadecuadas a medida que se profundizaba la crisis. La nueva administración whig (liberal), influenciada por la doctrina del laissez-faire, creía que el mercado proporcionaría la comida necesaria, y se negaron a intervenir contra las exportaciones de alimentos a Inglaterra, luego suspendieron las labores de (distribución de) alimentos y socorro del gobierno anterior, dejando cientos de miles de personas sin trabajo, dinero o comida.​ El ministerio de Russell introdujo un nuevo programa de obras públicas que a fines de diciembre de 1846 empleó medio millón de irlandeses y resultó imposible de administrar.​

Charles Trevelyan, que estaba a cargo de la administración de ayuda del gobierno, limitó el programa de ayuda alimentaria del gobierno debido a su firme creencia en el laissez-faire.​ Pensó que “el juicio de Dios envió la calamidad para enseñarle una lección a los irlandeses”.  (…) En enero de 1847, el gobierno abandonó esta política, al darse cuenta de que había fracasado, y recurrió a una mezcla de ayuda directa “interior” y “exterior”; el primero se administraba en casas de trabajo a través de las Leyes de Pobres irlandesas, el último a través de comedores sociales. Los costos de la Ley de Pobres recayeron principalmente en los propietarios locales, algunos de los cuales a su vez intentaron reducir su responsabilidad desalojando a sus inquilinos, una práctica que fue facilitada por las “leyes de expulsión económica”.

En junio de 1847 se promulgó la Ley de Enmienda a la Ley de Pobres, que incorporaba el principio, popular en Gran Bretaña, de que la propiedad irlandesa debe apoyar la pobreza irlandesa. Los propietarios de tierras en Irlanda fueron retenidos en Gran Bretaña por haber creado las condiciones que condujeron a la hambruna. Sin embargo, se afirmó que el parlamento británico desde el Acta de Unión de 1800 era en parte culpable. Este punto fue planteado en The Illustrated London News el 13 de febrero de 1847: “No había ninguna ley que no aprobara a petición suya, y ningún abuso que no defendería para ellos”. El 24 de marzo, The Times informó que Gran Bretaña había permitido en Irlanda “una masa de pobreza, descontento y degradación sin paralelo en el mundo. Les permitió a los propietarios chupar la sangre misma de esa miserable raza”.​

La “cláusula Gregory” de la Ley de pobres, nombrada en honor a William H. Gregory, prohibió que cualquier persona que tuviera al menos un cuarto de acre recibiera ayuda.​ En la práctica, esto significaba que, si un agricultor, después de haber vendido todos sus productos para pagar el alquiler y los impuestos, se redujera, como muchos miles de ellos, a solicitar ayuda pública externa, no lo obtendría hasta que hubiera entregado por primera vez toda su tierra al propietario. De esta ley, Mitchel escribió que “es el vagabundo sin discapacidad quien debe ser alimentado, si intenta cultivar una sola cancha, muere”. Este simple método de expulsión fue llamado “pasar a los mendigos a través del asilo”: un hombre entró, salió un pobre. Estos factores se combinaron para expulsar a miles de personas de la tierra: 90 000 en 1849 y 104 000 en 1850.

La explicación más aguda de lo sucedido en Irlanda a manos de los benévolos, liberales y democráticos ingleses es quizá la de Pío Moa:

Vamos a examinar ahora un caso especial, muy debatido en el blog: la Gran Hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX. Según las cifras más aceptadas, en torno a un millón de irlandeses murieron y otro millón tuvo que emigrar en pésimas condiciones. La causa inmediata del hecho fue una plaga de la patata, de la cual subsistían en condiciones miserables masas de isleños. Esto, en una isla que producía gran cantidad de cereales y carne, y al lado mismo del que era entonces el país más rico del mundo.

Para entender el trasfondo es preciso atender a la historia. En resumen, Irlanda fue invadida por Inglaterra desde el siglo XII, y trasladados a la isla colonos ingleses. En el XIV se impusieron las normas de Kilkenny, que entre otras cosas prohibían los matrimonios mixtos de los colonos con irlandeses, así como el uso del gaélico y las costumbres del país. Los religiosos irlandeses no podían acceder a cargos de alguna categoría, y la población del país quedaba en posición marginada en su propia tierra, como una raza sometida. La situación empeoró cuando en Inglaterra se impuso el protestantismo anglicano y los irlandeses permanecieron católicos, lo que dio lugar a persecuciones y a una política de “plantaciones”, por lo que se despojó a los católicos (propiamente los irlandeses) de grandes extensiones de tierras para dárselas a colonos venidos de Inglaterra y también a presbiterianos escoceses. Las rebeliones fueron aplastadas una y otra vez. Esta política iba acompañada de imposición despótica del idioma y costumbres inglesas, un genocidio cultural, si así quiere verse.

Con Cromwell, un fanático protestante que invadió la isla para liquidar una rebelión, una guerra que se dice costó la vida hasta a un tercio de los irlandeses, la situación de estos se convirtió en una pesadilla. Además de reforzarse la persecución religiosa, lingüística, de costumbres, etc., las tierras de la mayoría de los pocos católicos ricos fueron robadas y repartidas a los invasores, y la masa de la población irlandesa condenada a la discriminación y persecución por unas leyes penales extremadamente tiránicas, orientadas a mantener a los católicos en la ignorancia y la impotencia. Y sumidas grandes masas de isleños en la miseria, subsistiendo a base de patatas.

En estas condiciones, en 1845 una plaga arruinó las patatas, y el desastre continuó hasta 1849, afectando seguramente a mucho más de la mitad de la población (unos 8-8.5 millones de habitantes), como indica el enorme número de los que no lograron sobrevivir. Es obvio que la plaga no habría tenido tales efectos si previamente la masa de los irlandeses no hubiera sido reducida deliberadamente a una condición de miseria por la dominación inglesa. Y ésta, y no la simple enfermedad de las patatas, fue la verdadera causa del desastre. La isla seguía produciendo, como se sabe, gran cantidad de alimentos, y para defender los almacenes de los hambrientos se habilitaron guardias armadas. Por otra parte, las navieras hicieron su agosto transportando a América a los que huían, gastando sus últimos ahorros, hacinados en los barcos de tal manera que no pocos fallecían en el trayecto. Y la despoblación de muchos campos, por muerte, huida o expulsión de los arrendatarios sin recursos, facilitó la extensión de pastos para los terratenientes, política seguida también en la “limpieza” de las Highlands escocesas. De modo que la hambruna no dejó de producir ganancias sustanciosas a  los dominadores del país, o a parte de ellos.

¿Podemos llamar genocidio a esta catástrofe? No puede decirse que los dominadores de Irlanda  matasen directamente a los irlandeses: simplemente dejaron morir a hombres mujeres y niños por cientos de miles, dejaron sufrir cruelmente a millones más después de haberlos hundido en la miseria y la privación. Tampoco tuvieron intención deliberada de provocar la hambruna, simplemente crearon las condiciones apropiadas para ella. En mi opinión sí puede hablarse de genocidio, agravado por una hipocresía feroz.

Y hubo más que hipocresía. Predicadores protestantes clamaban que la plaga era un castigo divino a los irlandeses por haber persistido en el “papismo”, y a los ingleses por haberlo permitido (¡!). Además, los irlandeses, pervertidos por la Iglesia católica, eran muy holgazanes… Algún economista dijo que si el hambre solo mataba a un millón de irlandeses serviría de poco para equilibrar o sanear la economía: se necesitaban por lo menos el doble. Otra explicación común era la racial. El periódico Times, ilustrador principal de la clase alta inglesa, explicaba: “No hay duda de que, por las inescrutables pero inconmovibles leyes naturales, el celta es menos activo,  independiente y laborioso que el sajón”. La revista satírica Punch hacía chistes sobre aquellos irlandeses patanes, sucios, necios y embusteros. El London Spectator explicaba cómo asar a un patriota irlandés. No son casos aislados, sino expresiones de una mentalidad predominante, en la que entraban tanto el fanatismo protestante contra los “papistas” como convicciones racistas y cierta versión liberal y agnóstica de la economía, que consideraba que Irlanda sufría de un “exceso” de gente , estaba superpoblada. Se explicaba también que ayudar a los hambrientos sería perjudicial, pues suponía intervencionismo en la lógica del libre mercado, una idea insensata que arruinaría a muchos comerciantes. Las protestas de otros países europeos eran desechadas con desdén por el Times (y no solo): “Doquiera vaya un inglés, todos los aprendices ñoños de filósofos y todos los estúpidos fanáticos de los sacerdotes, le echan en cara la situación de Irlanda”.

Aquella terrible hambruna, junto con las brutales represiones de las revueltas, han condicionado fuertemente la memoria de los irlandeses. No obstante, las ideas expuestas por el Times y similares, más o menos refinadas, han dado lugar a otras historias más recientes, también en  cierta historiografía irlandesa. Las revueltas contra la tiranía extranjera fueron casi todas liquidadas gracias a la traición, pues los gobiernos ingleses gastaban sumas generosas en sobornos para confidentes, facilitados por la miseria reinante. Por otra parte, la aversión al catolicismo se mantiene incluso incrementada en los tiempos actuales, también entre bastantes irlandeses. Todo lo cual ha generado un “revisionismo” sui generis que, sin llegar a negar la Hambruna, la relativiza  y en parte la justifica, centrando el debate en la cuestión, algo bizantina, de si se la puede considerar un genocidio. Se trata de salvar de algún modo la responsabilidad de los invasores y dominadores de Irlanda. Incluso se llega, de modo indirecto, a condenar la independencia del país bajo el supuesto de que los ingleses eran, en fin de cuentas, mucho más “civilizados” y “progresistas”. Viene a ser una versión de aquel alguacil que conminaba a unos arrendatarios:  “¿Qué diablos nos importan vuestras patatas negras? Nosotros no somos quienes las ponemos negras. Tenéis dos días para pagar el alquiler, y si no lo hacéis ya sabéis lo que os espera”.

Resulta significativo el método empleado por este peculiar revisionismo, que he definido como “los árboles contra el bosque”. Un pinar, por ejemplo, es un bosque donde predominan netamente los pinos. Sin embargo en él puede haber algunos abedules o robles, y el método es centrar la atención sobre ellos para desviar la atención del conjunto. Así estos falsos revisionistas insisten en que también hubo algunas ayudas por parte de Inglaterra, que la reina Victoria dio cierta cantidad de dinero, que algunos católicos también se portaron muy mal, incluso que el Papa no ayudó (¡!), que también sufrieron algunos presbiterianos, que no toda Irlanda era pobre (la minoría protestante no lo era, desde luego), que había algunos católicos ricos, etc. Pero es indudable que la vasta mayoría de la población era irlandesa y católica, y que ésta fue también la vasta mayoría de las víctimas. Sin duda es un buen método historiográfico señalar los abedules o robles en un pinar, pero de lo que trata esta historiografía es de centrar la atención en ellos para difuminar o incluso negar el pinar. Y el “pinar” en este caso es que varios millones de irlandeses sufrieron una hambruna terrorífica, al lado mismo del país más rico del mundo, como consecuencia de siglos de opresión y tiranía, despojo de tierras y empobrecimiento de la masa de los irlandeses durante siglos. ¿No lo quieren llamar genocidio? Pues bueno…

Sirvan estas líneas y enlaces como introducción a una temática que iremos desarrollando en posteriores artículos.

Figueres, la Marca Hispánica, 29 de enero de 2010.

QUINCE MILLONES DE MUERTOS PROVOCÓ LA POLÍTICA INGLESA DE HAMBRUNAS EN LA INDIA ENTRE 1860 Y 1901

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