TODAVÍA IGNORAN QUE ESTAMOS ANTE EL ESTADO MÁS CRIMINAL Y GENOCIDA DE LA HISTORIA MODERNA. Inglaterra concíbese a sí misma con extrema humildad como el paradigma de la democracia, las libertades, el progreso… Pero la realidad, como siempre, es muy distinta de la propaganda judía. La cultura inglesa se basa en el supuesto de la superioridad moral inglesa respecto del resto de los europeos, hecho que remite a un paradigma ideológico bíblico, el New Israel, en cuya implementación las élites financieras judías y los sionistas cristianos han jugado un papel decisivo desde los tiempos de Rothschild y Disraeli.

Por si fuera poco, a los europeos les queda aún por descubrir que el Reino Unido ha perpetrado decenas de genocidios y que representa junto con los EEUU, dentro de la comunidad de las naciones, algo así como la figura de un criminal en serie. Más sorprendente es que este asesino de masas haya conseguido de propina, con la complicidad norteamericana, desempeñar las funciones de policía, fiscal, juez y carcelero en la aplicación de su engañosa ideología de “los derechos humanos y la democracia”.  Hete aquí el resultado del adoctrinamiento y la propaganda evacuados por Hollywood y el control judío de los medios de comunicación occidentales. 

Inglaterra abandona la Unión Europea por dos razones explícitas: 1/ rechaza acoger más inmigrantes [que mancillen su identidad supremacista bíblica]; 2/ desdeña permanecer en una Europa supuestamente dominada por Alemania, siendo así que toda la historia británica reciente ha consistido en intentar impedir que semejante afrenta pudiera llegar a convertirse en realidad. Por si fuera poco, los ingleses entraron en la Unión Europea, una vez superado el veto de Charles de Gaulle, para reventarla desde dentro mediante la inoculación del virus neoliberal, que no puede confundirse alegremente con la doctrina del ordoliberalismo alemán. Sobre este punto conviene recordar aquí la opinión del filósofo alemán Jürgen Habermas:

Los británicos tienen detrás una historia diferente a la del continente. La conciencia política de ser una gran potencia, dos veces victoriosa en el siglo XX, pero en declive a nivel global, vacila a la hora de adaptarse a esa situación cambiante. Con ese sentido nacional de sí misma, Gran Bretaña se colocó en una situación incómoda después de unirse a la CEE por motivos puramente económicos en 1973. Las élites políticas, de Thatcher a Cameron pasando por Blair, nunca tuvieron intención de abandonar su mirada distante hacia la Europa continental. Esa fue la perspectiva de Churchill cuando, en su famoso discurso de Zurich de 1946, dibujó al imperio (británico) en el papel de padrino benévolo de una Europa unida –pero sin ser realmente parte de ella. La política británica en Bruselas ha sido siempre un enfrentamiento inspirado en la máxima: “Queremos estar en misa, y repicando”.

Y concluye:

Los británicos tenían una visión decididamente liberal de la UE como una zona de libre comercio, y esto se expresó en una política de ampliación de la UE sin ningún tipo de profundización simultánea en la cooperación. Ni Schengen, ni euro. La actitud exclusivamente instrumental de las élites políticas hacia la UE se ha reflejado en la campaña por el Remain. Los defensores (a medias) de permanecer en la UE se inclinaron de forma estricta por una campaña basada en el miedo y armada con argumentos económicos. ¿Cómo podía ganar la actitud proeuropea frente a una mayoría más amplia si los líderes políticos se han comportado durante décadas como si la búsqueda estratégica y sin piedad de los intereses nacionales fuera suficiente para mantenerse dentro de una comunidad supranacional de Estados? Visto desde lejos, este fracaso de las élites se materializa, de forma diferente y llena de matices (tal como son), en dos tipos de políticos egocéntricos, conocidos como Cameron y Johnson.

Ahora que ya han conseguido infectarnos y, por tanto, imposibilitar una verdadera democracia europea —la cual implicaría, como poco, un Parlamento de Estrasburgo plenamente soberano, antitético del actual club selecto de títeres oligárquicos—, protestan los ingleses por la falta de democracia del monstruo burocrático de Bruselas. Pero olvidan —son harto olvidadizos estos arrogantes gentlemen— que el monstruo en cuestión ha estado al servicio de las élites financieras (la troika) de la City de Londres durante casi medio siglo. Así las cosas, estos “tipos de políticos egocéntricos” se van de Europa dando un portazo xenófobo —supuestamente nacionalista— con aires de superioridad.

Hete aquí el nivel exotérico o aparente de interpretación de los hechos, pero hay otro más profundo que, sin contradecirlo, ahonda en los aspectos inconfesables —xenofóbicos, criminógenos— de toda esta cuestión. El propio Habermas parece detectar en el Brexit dicho estrato hermenéutico de sentido al confesar:

Nunca habría imaginado que el populismo ganaría al capitalismo en su país de origen. Dada la importancia vital del sector bancario para el Reino Unido, el poder de los medios y el peso político de la City (ciudad financiera de Londres), era poco probable que las cuestiones de identidad prevalecieran sobre los intereses.

Por lo que respecta a dicho nivel de interpretación ya se expuso un esquema en otro artículo. ¿De verdad puede sorprenderle tanto a Habermas que el neoliberalismo opere como máscara del sionismo cristiano, es decir, del elemento bíblico, religioso e identitario del capitalismo que ya Max Weber descubrió en su clásico sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905)? Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver y Habermas encarna, precisamente, como antifascista de manual y sionista a la par, el modus operandi experto en determinadas deformaciones ópticas que definen, desde 1945, la sustancia misma de la figura europea del intelectual.

Figueres, la Marca Hispànica, 1º de febrero de 2020.

EL GENOCIDIO BRITÁNICO DE IRLANDA (1845-1849)

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