AUTÉNTICOS FRAUDES PSEUDO PERIODÍSTICOS BLANQUEAN LOS CRÍMENES ALIADOS PARA SATISFACCIÓN DEL LECTOR LIBERAL BIEMPENSANTE.  El diario El Mundo, boletín oficial de la judería española, publica cada semana un artículo sobre el holocausto o el antisemitismo, pero silencia con tozudez y maldad la larga e impune cadena de genocidios, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad perpetrados por Estados liberales como los EEUU, Israel o el Reino Unido. No contento con este sesgo informativo, El Mundo —pero no es el único medio de comunicación oligárquico podrido hasta la médula por este tipo de prácticas anti-periodísticas— publica artículos donde se justifican las atrocidades aliadas con falacias que han sido refutadas una y mil veces por los historiadores. 

Todo lo bueno viene del cielo: manifestación sionista justificando la masacre de Dresden.

El periodista, en este caso Luís Alemany, simula comentar un libro —a saber, Dresde, 1945. Fuego y oscuridad, de Sinclair Mckay— para dar más credibilidad a su abyecta propaganda oligárquica. Los asesinos, dignos de nuestra liberal consideración, estaban desesperados. ¡¡¡Asombroso!!! Uno se queda sin palabras ante tanta hipocresía. Mckay se muestra lleno de compasión para con los agresores, quienes se vieron obligados a hacer cosas que no deseaban y, para más inri, de vez en cuando eran derribados por la artillería antiaérea o la caza alemana. Pero en Dresde ya ni siquiera eso porque:

Dresde no tenía protección. Las baterías antiaéreas estaban en el frente, a 80 kilómetros. Había 10 cazas en el aeropuerto que no podían hacer frente a los 750 aviones que volaron desde Inglaterra. La última recluta era de quiceañeros, explica el autor.

El Mundo, Papel, 23-1-2020, pp. 24-25.

A continuación viene la justificación del crimen, de una infantilidad que produce risa, cuando no asco:

El Ejército Rojo avanzaba a buen ritmo, pero el frente occidental estaba atascado.

Primera mentira. En febrero de 1945 los soldados alemanes sólo resistían ya al Ejército Rojo para evitar que el país cayera en manos de Stalin. Y se entregaban en masa a los aliados esperando que avanzaran más rápido y, de paso, un trato que respetara las normas de la Convención de Ginebra, que ellos mismos habían respetado con los prisioneros de guerra ingleses, norteamericanos y franceses.

No faltan tampoco en el artículo los elogios al carnicero sádico Arthur Harris, responsable técnico del plan de exterminio del pueblo alemán desde el aire:

Era un hombre ingenioso e inteligente. Era accesible para su tropa. Escribía muy bien. Sus descripciones de las misiones aéreas son casi poéticas.

La piedad hacia los criminales de guerra resulta conmovedora:

Dresde, 1945 habla también de los pilotos y los artilleros que estaban al otro lado de aquel fuego: chicos ingleses atiborrados de anfetaminas que se sentían dioses en el cielo y, a la vez, estaban muertos de miedo. El día que bombardearon Dresde, volaron nueve horas en condiciones aterradoras y se llevaron para su memoria las imágenes infernales que los atormentaron durante el resto de sus vidas.

¡¡¡Pobres pilotos!!! ¡¡¡Triste Harris!!! Lamentablemente, los niños alemanes tenían que morir como habían muerto los niños indios, australianos, bengaleses, tasmanianos… y tantos otros, por osar oponerse al Imperio Británico, New Israel elegido por el dios Yahvé:

En el libro de MacKay se cuenta la historia de una fiesta entre gente educada de Londres que discutía el bombardeo. Una mujer dijo que los aliados hacían bien en matar a los niños de Dresde, porque, de lo contrario, esos niños serían nazis que volverían a atacar Inglaterra dentro de 20 años, explica el autor.

A continuación viene la justificación de Dresden como objetivo militar:

Había una lógica militar en elegir Dresde, explica el autor. Las industrias de la ciudad proveían de material de guerra de la Wehrmacht. Dresde era también el lugar en el que se unían los trenes que llevaban hacia el frente del Este. El objetivo militar era legítimo.

Suponiendo que fuera verdad esta aseveración, ¿por qué no atacar dichas industrias y enclaves ferroviarios? ¿Por qué atacar la ciudad, las viviendas, los monumentos, los hospitales atiborrados de heridos?

Que el artículo de Luis Alemany es un fraude queda en evidencia si lo comparamos con otro artículo sobre el mismo libro, firmado por Fernando García y publicado en La Vanguardia el mismo día, p. 30. Aquí se citan fragmentos del libro de McKay que Alemany omite:

Fue una atrocidad que desbordó los límites de la razón. (…) Fueron un crimen de guerra los bombardeos del 13 y el 14 de febrero, precedidos y seguidos por otros de la fuerza aérea de Estados Unidos. Lo sostienen muchos británicos, señala McKay. Pero él no lo tiene claro, sobre todo porque esta calificación responde a un concepto jurídico complejo que, además, debería extenderse a los terroríficos ataques aliados sobre Hamburgo, Colonia, Frankfurt, Bremen…

Un artículo no tan sesgado como el vergonzoso panfleto sionista de Alemany.

Por lo demás, tanto el autor del libro como el periodista de El Mundo no pueden ignorar que, a estas alturas, es ya un hecho reconocido que el objetivo de los bombardeos terroristas anglo-americanos era la población civil alemana, extremo admitido públicamente por los propios perpetradores del bando aliado. Se trataba de matar cuantos más alemanes mejor, incluidos mujeres, niños, enfermos, prisioneros, ancianos y hasta bebés de pecho. Este plan se diseñó y puso en práctica antes de que los alemanes, en represalia, bombardearan Londres, antes incluso de que los nazis, en venganza por el plan de exterminio del pueblo alemán, empezaran a asesinar a los judíos de forma sistemática. Pero todos estos datos se hurtan al lector, no sea que despierte del largo sueño propagandístico que comenzó con el juicio de Nuremberg y la oligarquía pretende convertir en verdad histórica.

Figueres, la Marca Hispánica, 13 de febrero de 2020.

LOS ALIADOS EXTERMINARON A 13 MILLONES DE CIVILES ALEMANES

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