DEL GENOCIDIO AMERINDIO A LA GUERRA DE IRAK PASANDO POR LA ESCLAVITUD NEGRA Y LA BOMBA ATÓMICA. El territorio que aloja a ese inmundo lodazal denominado Wall Street, epicentro de la opresión planetaria, tiene, a diferencia de la oligarquía, ubicación pública en el mapamundi. Una “nación” sin nombre —simple acrónimo empresarial— que configura, incluso por su forma geográfica, algo así como la pista de aterrizaje de la burbuja financiera. Más o menos como la Franja Aérea núm. 1 de la Oceanía de George Orwell en la novela 1984. Voilà los U. S. A. Este país, como Israel (el “pueblo escogido”), se considera exento de cumplir las normas que, en el papel hollywoodiense de justiciero, aplica a otros de forma ilegal y brutal, cuando no criminal e incluso genocida. Pero, “si ciertos actos de violación de tratados son crímenes, se trata de crímenes, sin importar que los cometan Estados Unidos o Alemania. No estamos preparados para estipular una norma de conducta criminal contra otros que no estemos dispuestos a invocar contra nosotros” (Robert H. Jackson, fiscal jefe durante los juicios de Nüremberg). Falso. EEUU tiene mecanismos para exonerar el mismo tipo de crímenes que, si puede, condena y persigue en el resto de las naciones como excusa para invadirlas y someterlas. La cláusula esgrimida se denomina intervencionismo humanitario, el último subproducto de la hipocresía judeo-puritana anglosajona. Como consecuencia de ello, todos los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los EEUU permanecen impunes.

Civiles alemanes quemados vivos en Dresden por la aviación anglo-americana (1945).

LA HISTORIA DE EEUU ES EL EXPEDIENTE POLICIAL DE UN ASESINO EN SERIE

Jaume Farrerons

Estados Unidos constituye presuntamente el país de la libertad. Cuando nos invade, domina, explota y adoctrina ocurriría que estamos empezando a ser… libres. !Tal es el discurso oficial dominante en… —¿lo adivinan?— Estados Unidos! Y quien disienta de una postura tan razonable como ésta deviene, en determinadas circunstancias, “una amenaza para la seguridad nacional”, de suerte que puede ser exterminado —“de forma sabia y justa”— como una alimaña. El incauto desafecto al destino manifiesto de los EEUU carece, por definición, de derechos. Así lo asevera nada menos que John Locke, filósofo fundacional del liberalismo y padre ideológico de la constitución estadounidense.

Destrucción de la flota española como represalia por el auto-hundimiento del acorazado norteamericano “Maine” en el puerto de La Habana. Rajoy olvida, yo no. En memoria de los marineros hispánicos caídos en un heroico pero inútil sacrificio.

Tenemos, pues, que acatar forzosamente el american way of life —léase: convertirnos en un híbrido de tarado bíblico y mercachifle— o arriesgarnos a morir. Esto vale sobre todo para las naciones, pero también, poco a poco, para los grupos, las instituciones y los individuos de todo un mundo convertido en campo de prácticas de los llamados emprendedores.

¿Se trata de una broma? No. La historia de los gobernantes usacos (Pío Moa) es una narración consistente básicamente en la comisión sistemática de:

  • a/ genocidios, por ejemplo: el exterminio sistemático y planificado de indios pieles rojas.
  • b/ crímenes contra la humanidad, por ejemplo: esclavitud de los negros africanos.
  • c/ crímenes contra la paz, por ejemplo: agresión militar a México y anexión del 40% de su territorio.
  • d/ crímenes de guerra, por ejemplo: uso de bombas atómicas contra civiles (Hiroshima y Nagasaki, 1945).

Uno tras de otro. !Pero estamos ante una mera selección de casos para formar una escalera de color en el pocker del horror! Podríamos intentar, con éxito, un trío de genocidios, un full de delitos contra la paz y contra la humanidad o un repóquer de crímenes de guerra.

Responsabilidad y estupidez de los filo-norteamericanos

Cada etapa en la construcción de la gran nación americana incurre en un delito de lesa humanidad tipificado por el Tribunal de Nüremberg. Pero, ¿quién instauró el Tribunal de Nüremberg? Los Estados Unidos de América, !cómo no! No actuaron solos, cierto: contaron con la inestimable ayuda de una hermanita de la caridad conocida bajo el seudónimo de José Stalin, pero siempre a instancias de Washington, los campeones del fariseísmo.

Más estupefaciente todavía es el hecho de que todo el mundo lo sabe y, sin embargo, no importa. Siendo así que, en cuanto comience a importarte, oye, te juegas la vida. En estos mismos momentos EEUU tiene intervenidas ilegalmente las comunicaciones en medio planeta (NSA) y puede determinar a placer, mediante el uso de drones, el asesinato de cualquier persona molesta dondequiera que se oculte. El nombre de este dispositivo de opresión resulta harto curioso: mundo libre. El responsable de tales ejecuciones administrativas a dedo es el presidente del país y, por supuesto, ha recibido el Premio Nobel de la Paz en justa recompensa.

Un chiste sobre Israel o los judíos puede sustanciarse en un delito de apología del genocidio. La perpetración de un genocidio real, verbi gratia, Vietnam, carece de sanción jurídica. El llamado mundo libre es ansí. Cualquier persona normal entiende esto, ¿verdad?

¿Quién, pues, decide la importancia de las ofensas raciales, étnicas o humanitarias? Desde luego, nadie espera establecer un baremo objetivo, sino que se acatará una ponderación oligárquica, interesada hasta la obscenidad. Todos los crímenes de masas perpetrados por EEUU pueden catalogarse entre los peores que la historia moderna recuerda, no obstante la historia moderna ha sido escrita por ese gran productor de historias (propaganda, adoctrinamiento y lobotomización espiritual) que es Hollywood.

Emporio del cine, Hollywood —sito casualmente en EEUU— tiene un papel decisivo en la calificación de la criminalidad o no criminalidad de un exterminio etnicida, de una atrocidad penada por las leyes de la guerra, de una agresión gratuita o expansionista a otro Estado… Aquéllo decisivo no es el hecho en sí, sino la relevancia, y tal “caracterización” no se adopta sin permiso de Washington y jamás contra su provecho moral o material.

EEUU es el territorio, poblado de cárceles —vale decir, campos de concentración para negros e hispanos— del criminal por excelencia y, a la par, el país impune por excelencia gracias a Hollywood. Es el país que, al crimen y a la impunidad, ha añadido la justificación propagandística de sus tropelías. Las películas cinematográficas estadounidenses son legitimaciones de toda clase de delitos de lesa humanidad, convertidos, siguiendo una extraña lógica de carniceros puritano-corruptos, en actos heroicos. Bravos y guapos soldaditos vestidos de azul contra salvajes crueles que sólo se ganaban a pulso su triste fin.

De ahí el asombroso imaginario cultural y popular que posibilita, por ejemplo, hechos como el siguiente: millones de personas de nacionalidad española, finlandesa, francesa, marroquí… —o de cualquier país del mundo— adornan inconscientemente y sin una razón concreta sus atuendos particulares con banderas americanas, es decir, con la bandera de otro país. Esto se considera encomiable, comprensible de suyo, patente como la luz del sol… Pues, ¿no son los americanos los salvadores del mundo? ¿No son los más valientes, los más listos, los más apuestos, los más buenos? ¿Y quién sostiene “eso”? Casualmente, un vez más, los propios norteamericanos. Será verdad. Cosa que aceptamos los no-norteamericanos. Cosa que hemos interiorizado. Cosa que, en vez de indignarnos, interiorizamos sin rechistar a pesar de la evidencia contraria de que el que hablare de sí mismo en tales términos debería resultar, a primera vista al menos, poco fiable en todo lo relativo a la credibilidad más elemental.

La ropa viene ya diseñada con las barras y estrellas y uno simplemente se la compra sin darle demasiada importancia. ¿Haría lo mismo con la bandera de Nigeria o Costa Rica? Por supuesto que no.  Mas la bandera norteamericana, que es la bandera de la ignominia contemporánea sin parangón, ha devenido motivo de ostentación en una sociedad cuya esencia se define, precisamente, por el delito oficial, permitido, encorbatado, premiado incluso con galardones irénicos o doctorados honoris causa. Una sociedad, la society judeo-anglosajona, cuyas élites y gobernantes son delincuentes. Un país donde la mafia manda. Un Estado que es mafia porque no tiene una mafia, sino que la mafia lo tiene a él: la mafia incrústase en las entrañas del abyecto corpachón de Guachingtón.

Lucir la bandera norteamericana representa, en este mundo al revés forjado por la oligarquía asesina judeo-anglosajona, una garantía de salud mental, de amplitud de miras, de juvenil promesa…, elevada a categoría estética, moda y signo de estatus existencial. Que las barras y estrellas identifiquen de hecho, en el mundo contemporáneo, el exterminio de un pueblo tras otro, la explotación más cruel, las peores atrocidades y las agresiones impunes a otras naciones (una de ellas España, el fiel aliado de sus propios verdugos), todo esto es moralmente —que no cognitivamente— ignorado por unas multitudes amorfas que han sido enculturadas en el marketing comercial, cinematográfico y político usaco.

La gran victoria de los EEUU no ha consistido, en una palabra, en ocultar sus crímenes, ni siquiera en negar que fueran crímenes en cierto sentido, sino en convencer a todo bicho viviente —pues de lo contrario el bicho aparecía muerto más pronto que tarde— de que nos hallamos ante crímenes necesarios, justos, inherentes al progreso y al bien de la humanidad. Una jerigonza no muy distinta al lenguaje estalinista, la otra máquina picadora de carne —por supuesto también exonerada— del proyecto moderno cristiano-secularizado.

Resumen: “El Estado judío no habría nacido sin la expulsión de 700.000 palestinos. Así pues, había que expulsarlos. No había otra opción que expulsar a la población. (…) Tampoco la gran democracia estadounidense se podría haber creado sin la aniquilación de los indios. Hay casos en que el buen fin general justifica los actos implacables y crueles que se cometen en el curso de la historia (Benny Morris, historiador israelí).

Breve síntesis del historial delictivo de la nación-delincuente por definición

Los americanos (¿?) —es decir, el “pueblo de Dios”, the New Israel— arribaron a América del Norte como inmigrantes y se instalaron en un territorio ajeno ya poblado por unos 5 millones de personas, los llamados indios pieles rojas. ¿Qué ocurrió? Algo inesperado. El Congreso de los Estados Unidos calificó a los autóctonos amerindios de alimañas (Locke) y autorizó que pudieran ser deportados, saqueados y exterminados.  Dicho y hecho. Los indios pieles rojas se desplazaron paulatinamente, empujados por la caballería, hacia el oeste y desaparecieron, o casi. Todo un pueblo quedó reducido a unos pocos grupos supervivientes residuales. Se calcula que los americanos (¿?) emprendieron una sistemática guerra de agresión contra los autóctonos. Los correspondientes campos de concentración se denominaron reservas. Según La Vanguardia:

EEUU autorizó unas 1.500 guerras o ataques contra los indios (…) a finales del siglo XIX solo quedaban 238.000 aborígenes en su territorio frente a los 5-15 millones que se estima que lo poblaban en 1492.

Así nace el país de la libertad. Su aparición en el mundo queda tipificada bajo dos de las cláusulas del TMI de Nüremberg: genocidio y crímenes contra la humanidad. Delitos que no prescriben: los EEUU siguen siendo hoy “culpables” según la ley. Y cada presidente de EEUU, junto a su entera administración, hereda del anterior la imputabilidad por dichos delitos de dimensiones cósmicas. Capítulo primero.

EEUU es, empero, el país del genocidio por más razones incluso que las expuestas, a saber: porque está ligado estructuralmente al genocidio. No se trata únicamente de un “hecho del pasado” que convenga olvidar. América es ante todo un dispositivo extractivo y de dominación. De suerte que, como brazo armado de la oligarquía transnacional, ha continuado cometiendo, convalidando o participando en genocidios (u otros crímenes de masas) que resultan inseparables de la implementación de sus intereses legítimos, es decir, del negocio vampírico. Esta simple constatación histórica permite presumir, sin exageraciones, que EEUU no representa ninguna garantía de progreso y paz para la humanidad. Antes bien, el Pentágono necesita la guerra y el exterminio como el aire que respira para vivir a su manera, porque, entre otros motivos, el complejo militar-industrial vive de los encargos del gobierno. EEUU se prepara para perpetrar nuevas atrocidades en el futuro y constituye, en definitiva, una amenaza universal.

Siguiente capítulo: esclavitud y exterminio de los negros de África

Habiendo liquidado cristianamente a la población autóctona, los Estados Unidos de América, el país del soldado Ryan, tuvo que importar mano de obra esclava para que alguien trabajara en provecho de los americanos, es decir, para que sus élites oligárquicas pudieran enriquecerse de lo lindo sin tener que agachar el lomo. Por supuesto, el hecho de que EEUU hubiera enarbolado contra Inglaterra la bandera de la libertad en su Guerra de la Independencia (1775-1783) no fue impedimento para que privaran de la tan preciada libertad a millones de personas y las obligaran a trabajar contra su voluntad. Un modus operandi harto democrático, ¿no les parece?

Además, aquellos desgraciados que se resistían a ser explotados como bestias, sin derechos y a la fuerza, eran asesinados in situ. Así es América. Liberal. More Gabriel Albiac (insaciable felador de la “democracia en armas”). También perecieron por millones los esclavos durante el cómodo transporte gratis de un lado al otro del Atlántico, o en los depósitos, hoteles liberales donde eran alojados como mercancía hasta la venta, o a lo largo de su emprendedora vida laboral… El tráfico esclavista incluyó a mujeres y niños. Las cifras de víctimas se cuentan por millones.

La constitución estadounidense utilizó todo tipo de trampas lingüísticas orwellianas (doblepensar) para hacer compatible el ideario liberista de los pechos hinchados por la fe y la comisión sistemática del crimen. En la actualidad, las bochornosas  imposturas prosiguen en orden al reconocimiento de la verdad y a las consecuencias jurídicas que derívanse de la misma:

El debate no está cerrado. Sea como sea, la idea de una reparación moral, más que financiera, recibe hoy el asentimiento de un gran número de estadounidenses. La Conferencia Mundial contra el Racismo, celebrada en Durban (Sudáfica) en septiembre de 2001, ha ido en este sentido, reconociendo que la esclavitud fue un crimen contra la humanidad, y expresando el “pesar” de los países que, de una forma u otra, se habían beneficiado de ella. Sin embargo, Estados Unidos se negó a asociarse a la declaración final, oficialmente para no colocar a Israel y al sionismo en situación de acusados… y quizá también para evitar un debate sobre la esclavitud y sus consecuencias en los propios Estados Unidos —con el alivio de muchos estadounidenses, incluidos dirigentes negros que no estaban de acuerdo con esta cuestión (Marc Ferro, El libro negro del colonialismo, Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, p. 158).

Por tanto, ya tenemos dos delitos tipificados por el TMI de Nüremberg que se pueden aplicar a una parte significativa de sus jueces y fiscales: los estadounidenses. Otra parte de dichos hombres justos —anti-nazis— serían los soviéticos, es decir, como sabemos, unos verdaderos santos y hábiles progresistas en las fosas de Katyn (atribuidas a Hitler). Pero aquí no toca hablar del comunismo y de sus 100 millones de víctimas. Los liberales occidentales ya han reconocido, en buena hora, que sus antiguos aliados contra el demonio Hitler eran unos criminales. El problema de estos ilustradísimos liberales es que no son capaces de captar, al parecer, que también ellos tienen las manos manchadas de sangre y que el exterminio forma parte del corazón mismo de la doctrina que reivindican tan ufanos cuan cínicos.

No se trata precisamente de crímenes de masas de dimensiones medianas o pequeñas, porque difícilmente se detecta, en el mundo moderno, algo equiparable —como no sea bajo el comunismo— al genocidio de los indios pieles rojas y a la esclavitud de los negros, delitos de lesa humanidad cometidos ambos simultáneamente en el mismo país en un plazo de tiempo no superior a medio siglo mientras se omite desvergonzadamente asumir responsabilidad jurídica, moral, cultural o política alguna por estos hechos. Los Estados Unidos de América pretenden, a pesar de ello, seguir impartiendo al mundo lecciones de moralidad democrática. Se contonean chulescamente a guisa de policías planetarios en defensa de los derechos humanos. Sus aliados occidentales, entre ellos España, les secundan. Pero esta farsa no puede continuar más. ¿Con qué clase de autoridad ejercen en Washington ese nauseabundo papel de santurrones? ¿La que les concede el uso de la fuerza? Por supuesto, quien así cuestione al país de la libertad puede ser acusado de anti-americanismo y añadido a la lista de bestias fascistas sacrificables a los imperativos bíblicos del Bien Infinito. A esto se llama ser demócrata en las zonas liberadas por el liberalismo del Pentágono.

Tercer Capítulo. Invasión de México

Habiendo exterminado a los autóctonos y forzado africanos para que trabajaran gratis, matando a la mitad de ellos por el camino, los antepasados bíblicos de la actual oligarquía talmúdica decidieron ampliar su territorio. No como el Führer, ese loco, sino mediante el  festivo reparto de confeti. Delante tenían a un Estado soberano que no les había dicho ni mu. Pero los USA apelaron a algo tan racional como un “destino manifiesto”, vieja costumbre judaica oriunda de los tiempos de Jericó. Consideró YHWH que anexionarse el 40% del territorio mexicano era perfectamente coherente con los ideales democráticos, la libertad, la salvación del alma y bla, bla, bla. !Y lo era! Así que los americanos invadieron México —como Palestina los israelíes— y hasta el autor de Das Kapital aplaudió en esta ocasión a los yanquis. A fin de cuentas, los mejicanos eran españoles perezosos [sic]. Por supuesto, los dueños de esclavos, como los actuales inversores y usureros, eran muy trabajadores, tanto que preferían enriquecerse —intereses de la deuda— con el sudor de otros. Esta invasión pura y simple de una nación soberana pero subdesarrollada parecía que iba en la dirección correcta del progreso. Marx dixit.

Estados Unidos continuó en adelante liberando países. El siguiente fue España. Para ello orquestó la mafia un supuesto ataque español a un barco de guerra usaco —el acorazado “Maine”— atracado en el puerto de La Habana. Previamente, los oligarcas judeo-anglosajones dieron permiso a la oficialidad blanca: los negros que se quedaron en el navío no importaban, así que los sacrificaron adrede sin pestañear. Un buen 11-S que terminó con la masacre de la flota española. Ya se sabe, la justicia infinita de Bush tiene también estas curiosidades filosóficas.

Así que quedan ya computados tres delitos tipificados por el TMI de Nüremberg: genocidio, crímenes contra la humanidad  (en dos ocasiones) y crímenes contra la paz (en otras dos ocasiones). !Y apenas hemos llegado al siglo XX! En unos cien años, EEUU vulneró gravemente la legislación de Nüremberg en cinco ocasiones como poco. Campeonato del mundo de Holocaustos: EEUU, 5-Alemania, 1. A mediados del siglo XIX, y sumado tanto el Tratado de Guadalupe-Hidalgo con México (1848) cuanto la agresión a España (1898), Washington estaba perpetrando al menos cuatro crímenes de masas al mismo tiempo. Comerse un par de naciones fue cosita de nada, algo así como el postre secular antes del eructito de los Rothschild en 1913, fecha de fundación del gran parásito llamado Reserva Federal.

No había, en efecto, ninguna razón democrática, ni la más pequeña e insignificante coartada moral o jurídica, que justificara la anexión de México o el ataque a España, entre otras decenas de fechorías similares. Por ello, las élites yanquis se las inventaron con todo el descaro e inauguraron de este modo el hábito de mentir compulsivamente que las caracteriza hasta la bochornosa comedia de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein.

Hiroshima y Nagasaki

Nos falta, para la colección de la galería del horror impune, el peor crimen de guerra de la historia. Así que me saltaré otras hazañas humanitarias (de Filipinas a Vietnam o Irak) y les recordaré a los orgullosos antifascistas liberales que no existe, según la legislación de Nüremberg —en el imposible supuesto de que se aplicara de forma honesta— ningún crimen de guerra comparable a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Se eligió como ofrenda para el holocausto a la población civil japonesa con la presunta eximente de ahorrar vidas de soldados americanos, un argumento sencillamente vergonzoso e irracional desde el punto de vista de la legislación de Ginebra (y desde el punto de vista de cualquier reflexión ética, código moral o mero sentido común). Además, las autoridades americanas mintieron incluso en eso, porque el Japón estaba dispuesto ya a rendirse y el uso de la bomba atómica sólo tenía una finalidad política y propagandística: advertir a la URSS y demostrar ante los pequeños desafectos el invencible poder del amigo americano. Politiquilla sanguinaria del matón perdonavidas.

Los niños japoneses inocentes que perecieron en esa liturgia sacrificial del pueblo de Dios (la oligarquía) fueron objeto de la tecnología de exterminio más sofisticada de la historia. Todavía nadie ha sido capaz de explicarme por qué los EEUU, si pretendían intimidar a sus adversarios, reales o imaginarios, agazapados en Moscú, no lanzaron la bomba sobre una isla desierta y fotografiaron sus devastadores efectos. Sigo sin comprender el motivo por el cual había que masacrar a las familias niponas de esa manera tan espantosa y, para más inri, en nombre de la paz.

Por si fuera poco, la bomba de propina. ¿Por qué, en efecto, otra bomba en Nagasaki suponiendo que cualesquiera de las falsas excusas para Hiroshima fueran dadas por válidas? El simple dato Nagasaki refuta todos los atenuantes o justificaciones imaginables por nadie que no sea un imbécil o un auténtico sinvergüenza (por ejemplo, arcadi espada). La única respuesta a la pregunta que interroga por el Gran Cabrón de Wall Street es que los EEUU estaban actuando como siempre habían actuado desde que una perra talmúdico-cabalística, puritana o masónica, los parió por el culo. Nagasaki representaba a la sazón la culminación del proyecto veterotestamentario denominado New Israel, que comenzó con el genocidio de los indios pieles rojas, prosiguió con la esclavitud negra y continuará a sangre y fuego dondequiera que la oligarquía detecte alguna resistencia a sus chanchullos de salvación económico-teológicos. Proyecto que, subrayémoslo una vez más, sigue ahí diseñando la próxima atrocidad en cabezas de tarados bíblicos que se consideran escogidos por Dios. Y, en fin, con el nuevo caso en el expediente del criminal universal, aparecerá oportunamente el discurso humanitario y democrático que legitime ante el mundo la grandeza de su causa y, por añadidura, la inefable singularidad de Auschwitz. Amén.

Jaume Farrerons
Figueres, la Marca Hispànica, 27 de enero de 2014

LOS ALIADOS EXTERMINARON A 13 MILLONES DE CIVILES ALEMANES

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