LA EMBAJADA BRITÁNICA PUBLICÓ UNA CARTA DE PROTESTA EN EL MEDIO ESPAÑOL. La política suicida —en realidad, criminal— de los políticos neocon sionistas no sólo caracteriza a Donald J. Trump, sino también Jair Bolsonaro (Brasil) y Boris Johnson (Gran Bretaña). Todos ellos devotos del Israel first (Israel primero) y amontonando cadáveres “gentiles” de sus compatriotas. El Partido Conservador británico de Boris Johnson es —¿casualmente?— el referente de Vox en el Reino Unido al igual que Trump en EEUU y Bolsonaro en Brasil. El caso de Boris Johnson es escandaloso. El premier británico no ha sido sólo acusado de ignorar y minusvalorar la pandemia, sino de obedecer a un plan predeterminado consistente en que la mayoría de los británicos se contagien para eliminar a los más débiles. 

El premier Boris Johnson con miembros de la secta racista y supremacista judía Chabad Lubavitch, para la cual, según acredita el científico israelí Israel Shahak, los no-judíos somos animales que sólo existimos para servir a los judíos. 

The Sunday Times, según El País, fue el medio británico que retrató a Boris Johnson como un irresponsable que abandona a su pueblo a la catástrofe mientras se dedica a retozar con su amante:

El emperador no tiene ropa, pero nadie había osado hasta ahora a decirlo claramente. Cuando las noticias procedentes de China comenzaban a ser alarmantes, fue convocada la primera reunión del gabinete Cobra (Cabinet Office Briefing Room A, en sus siglas en inglés), el equipo interministerial que responde ante una situación de emergencia. Johnson prefirió atender otros compromisos. Y no presidiría ninguna de esas reuniones hasta el 2 de marzo. Durante todo ese tiempo, que desde la perspectiva actual se ha revelado crucial, el primer ministro se dedicó a celebrar la llegada de su anhelado Brexit (31 de enero), a remodelar su equipo de ministros, y a disfrutar de dos semanas de retiro campestre con su prometida, Carrie Symonds. Downing Street estaba concentrado en preparar el anuncio en las redes sociales del embarazo de Symonds. “No se puede declarar una guerra con el primer ministro ausente. Y lo que nos quedó claro es que Boris [sic] no presidía ninguna de las reuniones”, aseguró a The Sunday Times un alto asesor de Downing Street desde el anonimato. “Le gustan sus descansos campestres. No trabaja los fines de semana. Era como trabajar para una autoridad local hace 20 años. No había sensación de que se planeara para una urgencia. Se comportó exactamente como muchos temían que se iba a comportar.

Pero hay algo más que se suma a la aparente irresponsabilidad, a saber, una ideología asesina. El miércoles 29 de abril El País expresaba su valoración al respecto en un editorial que ha levantado ampollas en la embajada británica en Madrid:

Frente a la pandemia, algunos Gobiernos (pocos) han actuado bien; bastantes han cometido errores y alguno ha actuado de manera incomprensible. Este es el caso del Ejecutivo británico, cuyo primer ministro, Boris Johnson, se reincorporó el lunes a su despacho tras sufrir en carne propia el coronavirus —del que afortunadamente se ha recuperado— y rendirá cuentas hoy ante la Cámara. / La disparatada posición política exhibida en su manejo inicial de la crisis fue asombrosa. Vino marcada primero por la pasividad ante la propagación del virus, sin compasión alguna por sus víctimas, a la espera de que un suficiente número de fallecimientos inmunizase al resto, gente con más salud, que sobreviviría por cálculo darwinista. Luego siguió durante varias semanas haciendo oídos sordos a la gravedad de la crisis. Hasta el punto de que declinó asistir a cinco reuniones del comité de emergencia, mientras pasaba doce alegres días de vacaciones. También dejó aterrizar, sin interponer cautelas, a numerosos aviones procedentes de países donde la infección ya se había propagado notablemente. / Pero lo peor no ha sido eso. Johnson ha demostrado poner por encima de la prioridad sanitaria nacional sus intereses partidistas, particularmente su proyecto de retirar cuanto antes al Reino Unido de la Unión Europea. Al formar nuevo Gobierno prescindió de su fiel canciller del Exchequer, porque se empeñaba en nombrar a subordinados sin pedir permiso ideológico a Downing Street. Y no ha sido capaz de analizar con calma las nuevas y penosas condiciones a las que hacía frente la sanidad británica. / Quizá su inacción más peligrosa y cuestionable haya sido rechazar que su país participase con los 27 de la UE en la licitación conjunta y masiva de material sanitario de protección, lo que agravó las carencias de un históricamente eficaz Servicio Nacional de Salud, ya aquejado por la falta de personal, una debilidad provocada por su escaso interés en retener a médicos y enfermeros procedentes de los países europeos. Su empecinamiento en despreciar un eventual aplazamiento de la retirada de la UE, que convendría más a sus conciudadanos que a los continentales, linda casi con el fanatismo. Es probable que la oposición —y no solo ella— le saque los colores en las próximas sesiones de los Comunes. / Todo apunta a que Johnson opta por enmascarar los reveses económicos y sociales de su Brexit duro en la, aún superior, dureza extrema de la crisis múltiple que ya está provocando la pandemia. Como si refugiarse en un caos para minimizar otro simultáneo no implicase doble ración de sufrimientos para la ciudadanía.

Ni The Sunday Times ni El País se inventan nada. La postura ideológica criminal de Johnson quedó perfectamente reflejada durante las primeras fases de la pandemia, cuando, ante los medios de comunicación, apareció muy ufano manifestando su intención de que 400.000 británicos fueran exterminados, de manera que sólo sobrevivieran “los más fuertes”. Así, según La Vanguardia, en un artículo publicado el 15 de marzo:

Reino Unido quiere crear una ‘inmunidad de grupo’ contra el Covid-19. El Gobierno de Boris Johnson confía en que el 60% de los infectados supere la enfermedad sin problema y acaben con el virus. La estrategia del Gobierno de Boris Johnson para combatir el coronavirus –diferente a la del resto de países– se basa en el número R, que es la medida de cuán infecciosa es una enfermedad. Mientras sea superior a 1, el mal seguirá propagándose de manera exponencial, respondiendo casi a una fórmula matemática. Pero en el momento en que sea inferior a 1 (0.99999), empezará a extinguirse progresivamente. La teoría según la cual el Gobierno británico ha decidido actuar sostiene que ese número R tiene consecuencias diferentes en el curso de una epidemia, aunque permanezca fijo. En el caso del Covid- 19, suponiendo que sea del 2.5, significa que al comienzo de la infección cada persona que tosa o estornude contamina a otras dos y media, porque nadie tiene inmunidad. Pero con el paso del tiempo, algunas o muchas de las personas expuestas ya se han curado y desarrollado anticuerpos, con lo cual las víctimas disminuyen. Si son menos de una por cada contaminador, se dice que existe lo que se conoce como “inmunidad de grupo”. El Gobierno británico cuenta con que más de la mitad de los habitantes del Reino Unido inevitablemente van a ser receptores del virus, ya sea ahora, cuando se produzca el pico en junio, en el otoño o el año que viene. Para conseguir la “inmunidad de grupo” hace falta que de cada 2,5 personas, 1,5 hayan superado ya el coronavirus, lo cual se traduce en un 60% de la población (1,5 dividido por 2,5). Ello significaría que 40 millones de ciudadanos enfermarían, y de ellos un uno por ciento morirían (400.000), según explica Tom Whipple, redactor jefe de la sección de Ciencia del Times. Pero el cálculo del Gobierno es que, al retrasar el cierre de escuelas y las medidas de aislamiento social que ya han implantado otros países, la inmensa mayoría del 60% que se infectarán serán jóvenes y personas saludables que lo superarán sin problema, como una gripe o un resfriado, mientras el grueso de los ancianos y más vulnerables permanecen encerrados en sus casas hasta que queden protegidos por la “inmunidad de grupo” y el virus muera. La principal crítica a la tesis gubernamental es que parte de la base de que quienes superen el Covid-19 quedarán inmunes a él, algo que no está por el momento demostrado. “Me parece muy pesimista la asunción de que el avance del virus no puede ser detenido, porque China y Corea lo han conseguido. Una estrategia con arreglo a que el 60% de la población quede infectada no parece la mejor idea del mundo”, dice Martin Hibberd, profesor de Enfermedades Infecciosas de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres.

Carta de protesta de la Embajada británica el pasado 2 de mayo en El País intentando encubrir que Johnson pretendía exterminar a 400.000 ciudadanos ingleses siguiendo una política darwinista sistemática propia de un ganadero y muy acorde con las ideas de Chabad.

Conviene no olvidar que —como ya hemos informado— el partido de Boris Johnson constituye el referente de Santiago Abascal en el Reino Unido, un hecho manifestado por los propios dirigentes de Vox en su visita a la City de Londres para obtener el apoyo de la oligarquía financiera vendiendo a precio de saldo los derechos sociales del pueblo trabajador español.

Figueres, la Marca Hispànica, 5 de mayo de 2020. 

CARTA ABIERTA DE JAUME FARRERONS A SANTIAGO ABASCAL

 

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