PROTESTAS MUNDIALES POR LOS CRÍMENES DE LESA HUMANIDAD IMPUNES DEL LIBERALISMO CAPITALISTA. Medios de comunicación, políticos e incluso intelectuales liberales están manifestando su temor ante la lógica implacable de lo políticamente correcto que ellos mismos desataron con la diabolización del fascismo. En efecto, mientras se trató de juzgar y rejuzgar cientos o incluso miles de veces —hasta el hartazgo— los presuntos delitos nazis, de perseguir a los disidentes del relato oficial sobre el Holocausto o de caracterizar a Hitler como el mismísimo Satanás, muy pocos o nadie han levantado la voz por el perjuicio causado a la objetividad del librepensamiento o de la ciencia y a los derechos de libertad de opinión, cátedra, investigación y expresión. Tampoco protestaron los liberales cuando se levantó la veda del comunismo y llegose incluso a asimilar el régimen estalinista al nazismo, haciendo extensiva esta ponderación a todos los estados o movimientos sociales marxistas y socialdemócratas (como el chavismo). Fascistas y comunistas podían y pueden ser reiterativamente representados —ante un impoluto liberalismo— como el mal absoluto sin que dicha imagen sea desechada como una forma de populismo facilón, inculto y simplificador. Pero la cosa ha cambiado cuando esos mismos criterios se han hecho extensivos a los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el propio liberalismo, es decir, por el despiadado sistema capitalista que domina el planeta entero. Y cuando, por fin, se ha hablado sin ambages de genocidio liberal. La criminal, habitual y omnipresente hipocresía filo-estadounidense, anglomaníaca y pro-israelí ha enseñado entonces los dientes. Es la derecha ofendidita haciendo causa común con los supremacistas blancos (bíblicos) y, por supuesto, con esos otros supremacistas political correctness que son los sionistas. Ahora estará prohibido juzgar por el mismo rasero el Holocausto y, por ejemplo, el exterminio de los autóctonos norteamericanos por los colonos bíblicos de Occidente, las bombas atómicas contra civiles de Hiroshima/Nagasaki o el racismo de los puritanos padres fundadores de los EEUU —casi todos ellos propietarios de esclavos—, hechos que presuntamente en ningún caso serían comparables al racismo nazi (aunque los propagandistas no son capaces de explicar racionalmente esa celebérrima singularidad de Auschwitz). Los liberales se defienden apelando precisamente a la pulsión iliberal de los manifestantes black lives matter, a la necesidad de no simplificar fenómenos “complejos”, de eludir las respuestas cómodas y meramente morales (¿!!?) a cuestiones que requieren una elaboración académica e historiográfica desapasionada. Pero esos miramientos no valen para el fascismo o el comunismo, sino sólo, curiosamente, para los genocidios del capitalismo. Tampoco merece contemplaciones académicas y matices intelectuales el supuesto populismo que tanto les inquieta y que juzgan precisamente sus términos “populistas”, sin darse cuenta u obviando que con tamaña imputación simplificadora incurren en la misma falta o sesgo intelectual que denuncian. En definitiva, si un historiador cuestiona la versión oficial del Holocausto, se le puede echar vitriolo en la cara e incluso asesinarlo, en todo caso pierde su plaza de profesor universitario, pero las estatuas de Churchill deben ser amparadas precisamente porque, a pesar de sus delitos, el premier británico fue uno de los héroes de la victoria del capitalismo en su lucha —épica— contra el nacionalsocialismo del Gran Satán Adolf Hitler. Un circulus in probando, tautología de manual, que los intelectuales liberales son incapaces de captar y cuestionar a pesar de su presuntamente superior “objetividad”. La noticia es realmente que el relato histórico oficial de la oligarquía financiera occidental se tambalea y es menester apuntalarlo una vez más.

A continuación enlazamos el manifiesto de intelectuales que protestan contra los excesos de lo políticamente correcto a los efectos de que ese dogma se aplique sólo de forma selectiva contra aquéllos a quienes la oligarquía financiera occidental considera más peligrosos para sus intereses:

https://harpers.org/a-letter-on-justice-and-open-debate/

Niños palestinos asesinados por el ejército israelí.

Reproducimos el texto original en inglés y la lista íntegra de los intelectuales firmantes, que se han retratado con él, y más abajo una traducción al castellano:

A Letter on Justice and Open Debate

July 7, 2020

The below letter will be appearing in the Letters section of the magazine’s October issue. We welcome responses at letters@harpers.org

Our cultural institutions are facing a moment of trial. Powerful protests for racial and social justice are leading to overdue demands for police reform, along with wider calls for greater equality and inclusion across our society, not least in higher education, journalism, philanthropy, and the arts. But this needed reckoning has also intensified a new set of moral attitudes and political commitments that tend to weaken our norms of open debate and toleration of differences in favor of ideological conformity. As we applaud the first development, we also raise our voices against the second. The forces of illiberalism are gaining strength throughout the world and have a powerful ally in Donald Trump, who represents a real threat to democracy. But resistance must not be allowed to harden into its own brand of dogma or coercion—which right-wing demagogues are already exploiting. The democratic inclusion we want can be achieved only if we speak out against the intolerant climate that has set in on all sides.

The free exchange of information and ideas, the lifeblood of a liberal society, is daily becoming more constricted. While we have come to expect this on the radical right, censoriousness is also spreading more widely in our culture: an intolerance of opposing views, a vogue for public shaming and ostracism, and the tendency to dissolve complex policy issues in a blinding moral certainty. We uphold the value of robust and even caustic counter-speech from all quarters. But it is now all too common to hear calls for swift and severe retribution in response to perceived transgressions of speech and thought. More troubling still, institutional leaders, in a spirit of panicked damage control, are delivering hasty and disproportionate punishments instead of considered reforms. Editors are fired for running controversial pieces; books are withdrawn for alleged inauthenticity; journalists are barred from writing on certain topics; professors are investigated for quoting works of literature in class; a researcher is fired for circulating a peer-reviewed academic study; and the heads of organizations are ousted for what are sometimes just clumsy mistakes. Whatever the arguments around each particular incident, the result has been to steadily narrow the boundaries of what can be said without the threat of reprisal. We are already paying the price in greater risk aversion among writers, artists, and journalists who fear for their livelihoods if they depart from the consensus, or even lack sufficient zeal in agreement.

This stifling atmosphere will ultimately harm the most vital causes of our time. The restriction of debate, whether by a repressive government or an intolerant society, invariably hurts those who lack power and makes everyone less capable of democratic participation. The way to defeat bad ideas is by exposure, argument, and persuasion, not by trying to silence or wish them away. We refuse any false choice between justice and freedom, which cannot exist without each other. As writers we need a culture that leaves us room for experimentation, risk taking, and even mistakes. We need to preserve the possibility of good-faith disagreement without dire professional consequences. If we won’t defend the very thing on which our work depends, we shouldn’t expect the public or the state to defend it for us.

La liberal y “democrática” Australia, orgullosa de su participación en la guerra contra Hitler, durante la época de los Beatles.

Elliot Ackerman

Saladin Ambar, Rutgers University

Martin Amis

Anne Applebaum

Marie Arana, author

Margaret Atwood

John Banville

Mia Bay, historian

Louis Begley, writer

Roger Berkowitz, Bard College

Paul Berman, writer

Sheri Berman, Barnard College

Reginald Dwayne Betts, poet

Neil Blair, agent

David W. Blight, Yale University

Jennifer Finney Boylan, author

David Bromwich

David Brooks, columnist

Ian Buruma, Bard College

Lea Carpenter

Noam Chomsky, MIT (emeritus)

LOS ALIADOS EXTERMINARON A 13 MILLONES DE CIVILES ALEMANES

Nicholas A. Christakis, Yale University

Roger Cohen, writer

Ambassador Frances D. Cook, ret.

Drucilla Cornell, Founder, uBuntu Project

Kamel Daoud

Meghan Daum, writer

Gerald Early, Washington University-St. Louis

Jeffrey Eugenides, writer

Dexter Filkins

Federico Finchelstein, The New School

Caitlin Flanagan

Richard T. Ford, Stanford Law School

Kmele Foster

David Frum, journalist

Francis Fukuyama, Stanford University

EL GENOCIDIO BRITÁNICO DE IRLANDA (1845-1849)

Atul Gawande, Harvard University

Todd Gitlin, Columbia University

Kim Ghattas

Malcolm Gladwell

Michelle Goldberg, columnist

Rebecca Goldstein, writer

Anthony Grafton, Princeton University

David Greenberg, Rutgers University

Linda Greenhouse

Rinne B. Groff, playwright

Sarah Haider, activist

Jonathan Haidt, NYU-Stern

Roya Hakakian, writer

QUINCE MILLONES DE MUERTOS PROVOCÓ LA POLÍTICA INGLESA DE HAMBRUNAS EN LA INDIA ENTRE 1860 Y 1901

Shadi Hamid, Brookings Institution

Jeet Heer, The Nation

Katie Herzog, podcast host

Susannah Heschel, Dartmouth College

Adam Hochschild, author

Arlie Russell Hochschild, author

Eva Hoffman, writer

Coleman Hughes, writer/Manhattan Institute

Hussein Ibish, Arab Gulf States Institute

Michael Ignatieff

Zaid Jilani, journalist

Bill T. Jones, New York Live Arts

Wendy Kaminer, writer

Matthew Karp, Princeton University

Garry Kasparov, Renew Democracy Initiative

Daniel Kehlmann, writer

Randall Kennedy

INGLATERRA TAMBIÉN EXTERMINÓ A LOS NATIVOS AUSTRALIANOS

Khaled Khalifa, writer

Parag Khanna, author

Laura Kipnis, Northwestern University

Frances Kissling, Center for Health, Ethics, Social Policy

Enrique Krauze, historian

Anthony Kronman, Yale University

Joy Ladin, Yeshiva University

Nicholas Lemann, Columbia University

Mark Lilla, Columbia University

Susie Linfield, New York University

Damon Linker, writer

Dahlia Lithwick, Slate

Steven Lukes, New York University

John R. MacArthur, publisher, writer

Susan Madrak, writer

EL IMPERIO BRITÁNICO MATÓ DE HAMBRE A MÁS DE OCHO MILLONES DE IRANÍES DURANTE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Phoebe Maltz Bovy, writer

Greil Marcus

Wynton Marsalis, Jazz at Lincoln Center

Kati Marton, author

Debra Mashek, scholar

Deirdre McCloskey, University of Illinois at Chicago

John McWhorter, Columbia University

Uday Mehta, City University of New York

Andrew Moravcsik, Princeton University

Yascha Mounk, Persuasion

Samuel Moyn, Yale University

Meera Nanda, writer and teacher

Cary Nelson, University of Illinois at Urbana-Champaign

Olivia Nuzzi, New York Magazine

Mark Oppenheimer, Yale University

Dael Orlandersmith, writer/performer

George Packer

EL REINO UNIDO LIQUIDÓ HASTA EL ÚLTIMO A LOS ABORÍGENES DE TASMANIA

Nell Irvin Painter, Princeton University (emerita)

Greg Pardlo, Rutgers University – Camden

Orlando Patterson, Harvard University

Steven Pinker, Harvard University

Letty Cottin Pogrebin

Katha Pollitt, writer

Claire Bond Potter, The New School

Taufiq Rahim

Zia Haider Rahman, writer

Jennifer Ratner-Rosenhagen, University of Wisconsin

Jonathan Rauch, Brookings Institution/The Atlantic

Neil Roberts, political theorist

Melvin Rogers, Brown University

Kat Rosenfield, writer

Loretta J. Ross, Smith College

J.K. Rowling

Salman Rushdie, New York University

Karim Sadjadpour, Carnegie Endowment

Daryl Michael Scott, Howard University

Diana Senechal, teacher and writer

Jennifer Senior, columnist

Judith Shulevitz, writer

Jesse Singal, journalist

Anne-Marie Slaughter

EL GENOCIDIO BÍBLICO PERPETRADO POR LOS INGLESES EN BENGALA

Andrew Solomon, writer

Deborah Solomon, critic and biographer

Allison Stanger, Middlebury College

Paul Starr, American Prospect/Princeton University

Wendell Steavenson, writer

Gloria Steinem, writer and activist

Nadine Strossen, New York Law School

Ronald S. Sullivan Jr., Harvard Law School

Kian Tajbakhsh, Columbia University

Zephyr Teachout, Fordham University

Cynthia Tucker, University of South Alabama

Adaner Usmani, Harvard University

Chloe Valdary

Helen Vendler, Harvard University

Judy B. Walzer

EL RABINO SUPREMO DE ISRAEL AFIRMA QUE LOS NO-JUDÍOS SÓLO EXISTEN PARA SERVIR A LOS JUDÍOS

Michael Walzer

Eric K. Washington, historian

Caroline Weber, historian

Randi Weingarten, American Federation of Teachers

Bari Weiss

Sean Wilentz, Princeton University

Garry Wills

Thomas Chatterton Williams, writer

Robert F. Worth, journalist and author

Molly Worthen, University of North Carolina at Chapel Hill

Matthew Yglesias

Emily Yoffe, journalist

Cathy Young, journalist

Fareed Zakaria

Niño palestino detenido por soldados israelíes.

Traducido:

Una carta sobre justicia y debate abierto

7 de julio de 2020

La siguiente carta aparecerá en la sección de Cartas del número de octubre de la revista. Agradecemos las respuestas a letters@harpers.org

Nuestras instituciones culturales se enfrentan a un momento de prueba. Las poderosas protestas por la justicia racial y social están llevando a demandas atrasadas de reforma policial, junto con llamamientos más amplios para una mayor igualdad e inclusión en nuestra sociedad, especialmente en la educación superior, el periodismo, la filantropía y las artes. Pero este ajuste de cuentas necesario también ha intensificado un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y la tolerancia de las diferencias a favor de la conformidad ideológica. Mientras aplaudimos el primer desarrollo, también levantamos nuestras voces contra el segundo. Las fuerzas del iliberalismo están ganando fuerza en todo el mundo y tienen un poderoso aliado en Donald Trump, que representa una amenaza real para la democracia. Pero no se debe permitir que la resistencia se endurezca en su propio tipo de dogma o coerción, que los demagogos de derecha ya están explotando. La inclusión democrática que queremos se puede lograr sólo si hablamos en contra del clima intolerante que se ha establecido en todos los lados.

El libre intercambio de información e ideas, el alma de una sociedad liberal, se está volviendo cada vez más restringido. Si bien hemos llegado a esperar esto en la derecha radical, la censura también se está extendiendo más ampliamente en nuestra cultura: una intolerancia de puntos de vista opuestos, una moda para la vergüenza pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver cuestiones políticas complejas en una certeza moral cegadora (and the tendency to dissolve complex policy issues in a blinding moral certainty). Mantenemos el valor de la contra-voz robusta e incluso cáustica de todos los sectores. Pero ahora es demasiado común escuchar los llamados a una retribución rápida y severa en respuesta a las transgresiones percibidas del habla y el pensamiento. Más preocupante aún, los líderes institucionales, en un espíritu de control de daños en pánico, están aplicando castigos apresurados y desproporcionados en lugar de reformas consideradas. Los editores son despedidos por dirigir piezas controvertidas; los libros son retirados por presunta falta de autenticidad; los periodistas tienen prohibido escribir sobre ciertos temas; los profesores son investigados por citar trabajos de literatura en clase; un investigador es despedido por distribuir un estudio académico revisado por pares; y los jefes de las organizaciones son expulsados ​​por lo que a veces son simples errores torpes. Cualesquiera que sean los argumentos en torno a cada incidente en particular, el resultado ha sido estrechar constantemente los límites de lo que se puede decir sin la amenaza de represalias. Ya estamos pagando el precio con mayor aversión al riesgo entre escritores, artistas y periodistas que temen por su sustento si se apartan del consenso, o incluso carecen de suficiente celo en el acuerdo.

Esta atmósfera sofocante dañará en última instancia las causas más vitales de nuestro tiempo. La restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, invariablemente perjudica a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente. La forma de derrotar las malas ideas es mediante la exposición, la discusión y la persuasión, no tratando de silenciarlas o desearlas. Rechazamos cualquier elección falsa entre justicia y libertad, que no puede existir la una sin la otra. Como escritores, necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la toma de riesgos e incluso los errores. Necesitamos preservar la posibilidad de desacuerdos de buena fe sin consecuencias profesionales nefastas. Si no defendemos exactamente de lo que depende nuestro trabajo, no deberíamos esperar que el público o el estado lo defiendan por nosotros.

Soldado israelí maltratando a un niño palestino.

Todo lo denunciado por los firmantes, empero, no a empezado a existir con el movimiento black lives matter. Resulta difícil de creer que estos intelectuales liberales, la mayor parte de ellos estadounidenses pero también oriundos de otros países occidentales, ignorasen las leyes que en Europa reprimen con severas multas y hasta penas de cárcel a los historiadores o simples críticos que cuestionen la versión oficial del Holocausto. Un mecanismo que también funciona en EEUU, aunque no a nivel penal sino socio-profesional y cuyas consecuencias ya ha conocido, por ejemplo, el politólogo Norman G. Finkelstein. ¿Dónde estaban todos estos puritanos del librepensamiento cuando Finkelstein fue despedido o cuando el profesor Robert Faurisson era físicamente atacado por grupos organizados y armados de judíos sionistas “franceses” que el Estado de derecho consiente y se niega a perseguir? Los argumentos que acostúmbranse a emplear contra estos disidentes pueden resumirse en esa tendency to dissolve complex policy issues in a blinding moral certainty (tendencia a disolver cuestiones políticas complejas en una certeza moral cegadora). ¿Hay un ejemplo más claro de dicha inclinación (supuestamente) “populista” (¿?) que la reducción del fascismo al “mal absoluto”, tan celebrada sin embargo por los intelectuales liberales que ahora protestan? ¿O la descalificación como antisemita —una imputación penal— de cualquiera que cuestione el sionismo o el Estado de Israel? Éstas han sido prácticas típicamente derechistas liberales que después de 1991 se hicieron extensivas al comunismo, al marxismo, a la socialdemocracia e incluso a toda forma de izquierdismo, calificada de “populista” por los “intelectuales” liberales y asimilada en última instancia al “fascismo”. Ahora, empero, le ha tocado el turno al propio liberalismo capitalista y ¿tendremos que compadecernos de él? ¿Deberemos respetar a los pseudo intelectuales sistémicos, tan bien acomodados y harto prepotentes, que no respetaron a los disidentes de distintas ideologías, a quienes estigmatizaban despectivamente como marginales, radicales y otras lindezas?

Familia palestina defiende a un menor de edad que el ejército israelí pretende detener.

El mismo diario El Mundo que publica el artículo sobre la “izquierda ofendidita”, cuestiona unas páginas más atrás el derecho ciudadano inalienable de criticar a los periodistas. Así que el periodismo —liberal, por supuesto— defiende la libertad de expresión —sin la cual, se dice, esta profesión no podría existir a pesar de la autocensura voluntaria imperante en las redacciones—, pero se la niega a quienes osen cuestionar el trabajo de las presstitutas, tan habituales en esas descaradas agencias propagandísticas de la oligarquía financiera que son los medios de comunicación occidentales. Debemos ser tolerantes con unos sinvergüenzas que mienten sistemáticamente o encubren informaciones para proteger a sus amos oligárquicos y cuya única motivación es conservar la triste nómina que los sustenta. Así las cosas, un genocidio es un genocidio tanto si lo perpetran los alemanes cuanto si lo perpetran los norteamericanos, los ingleses o los israelíes. Por idénticas razones de fondo, la libertad de pensamiento vale también para quienes se consideren iliberales y cuestionen el liberalismo como ideología, régimen institucional o movimiento político. Me refiero a los comunistas, a los anarquistas, a los fascistas, pero también a los críticos del sionismo, a los historiadores revisionistas del Holocausto o a quienquiera que pretenda razonar, argumentar, fundamentar, opinar o expresar una ideología por muy ofensiva que la misma les resulte a otras personas o colectivos. Mientras eso no ocurra, es decir, mientras persista la brutal represión contra ciertas ideas, las que fuere, difícilmente podrá seguir legitimándose el estado de cosas existente en términos de “liberalismo” o “democracia”. El liberalismo no es democrático, sino oligárquico. Por ende, los intelectuales liberales carecen de autoridad moral para protestar por la festiva cacería de criminales liberales que el mundo entero, por fin, está celebrando en la trágica actualidad pandémica. ¡Ya era hora!

Figueres, la Marca Hispànica, 10 de julio de 2020.

LA HISTORIA DE EEUU ES EL EXPEDIENTE POLICIAL DE UN ASESINO EN SERIE

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