EL JUICIO DE NUREMBERG CUMPLE 75 AÑOS Y AHORA YA PODEMOS CONOCER LA CALAÑA DE SUS MAGISTRADOS Y FISCALES. Entonces pudieron engañarnos, hoy lo sabemos: quienes juzgaron a los nazis eran unos criminales que sólo permanecen impunes por su condición de vencedores. La victoria no es, en efecto, sinónimo de justicia. Y cuando así se pretende, como es el caso, deviene en atrocidad. A continuación, publicamos un artículo de Jaume Farrerons sobre el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. A este texto crítico seguirán otros sobre la misma materia, cuya finalidad no es reivindicar el nazismo, sino rescatar la verdad del hediondo prostíbulo donde ha sido secuestrada. La fechoría comenzó, precisamente, tras el bochornoso juicio de Nuremberg. 

LOS ALIADOS EXTERMINARON A 13 MILLONES DE CIVILES ALEMANES

Causas de la Segunda Guerra Mundial. (1) ¿Quién desencadenó el conflicto?

Por Jaume Farrerons, Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación

FILOSOFÍA CRÍTICA, 1º de enero de 2013

Al hilo de los crímenes contra la paz perpetrados supuestamente por Alemania y así juzgados y condenados en Nuremberg, convendría, en primer lugar, plantear la siguiente pregunta: ¿quién desencadenó el conflicto? Para el gran público es evidente que Adolf Hitler. Él ordenó, en efecto, la invasión de Polonia en coherencia con un diabólico plan expansionista de alcances mundiales (teoría de la conspiración). Sin embargo, los hechos no concuerdan con esta visión populista propalada por Hollywood, el mundo de la “cultura industrial” y los medios de comunicación. Me basaré para sostener semejante afirmación en el relato de Eric Hobsbawm, un historiador antifascista que, no obstante, debe reconocer lo siguiente:

Por su parte, los políticos realistas, partidarios del apaciguamiento, mostraban una falta total de realismo al evaluar la situación, incluso en 1938-1939, cuando cualquier observador atento comprendía ya que era imposible alcanzar un acuerdo negociado con Hitler. Eso explica la tragicomedia que se vivió durante los meses de marzo-septiembre de 1939, que desembocó en una guerra que nadie deseaba, en un momento y un lugar que nadie (ni siquiera Alemania) quería y que dejó a Francia y Gran Bretaña sin saber qué era lo que, como beligerantes, debían hacer, hasta que fueron barridas por la Blitzkrieg (Hobsbawm, E., Historia del Siglo XX, Barcelona, Crítica, 1995, p. 160).

Si nadie quería la guerra, ¿cómo pudo estallar? Más concretamente, si no la quería “ni siquiera Alemania”, ¿en qué se basan las acusaciones de la página 44 de la misma obra, donde Hobsbawm, contradictoriamente con lo dicho en la página 160, sostiene lo siguiente?:

Si se pregunta quién o qué causó la Segunda Guerra Mundial, se debe responder, con toda contundencia: Adolf Hitler.

“Contundencia”, pero añadiendo a continuación:

Ahora bien, las respuestas a los interrogantes históricos no son tan sencillas.

Está claro que Hobsbawm “torea” aquí con un dogma político: no puede negar la “fe moderna”, pero en cuanto historiador es perfectamente consciente de que se trata de eso, de un “postulado” preteórico compartido “con raras excepciones” por todo “historiador sensato”. ¿Sensato con respecto a qué? ¿A su carrera profesional, quizá? Ya conocemos cuál ha sido el destino de Pío Moa como consecuencia de cuestionar ciertos dogmas sobre la Guerra Civil Española, en los que algún día entraremos. Para cualquier persona “sensata”, precisamente, la afirmación de que Hitler fue el causante de la guerra y de que Hitler no quería la guerra cuando ésta se desató (y fue declarada, pero no por Alemania, sino por Francia e Inglaterra) son contradictorias y forman parte del mismo tipo de misterios que la  famosa “singularidad de Auschwitz”.

Para salir del apuro, Hobsbawm sostiene que Hitler “se equivocó en sus cálculos” y “los estados occidentales le declararon la guerra” (p. 160). Así, resulta que Hitler provocó la guerra aunque no la quería, y las potencias occidentales le “declararon la guerra” pero no la provocaron. El historiador se ve forzado a hacer equilibrismos dignos del doblepensar de Orwell. La “explicación” de Hobsbawm concluye así:

La ocupación alemana de Checoslovaquia en marzo de 1939 fue el episodio que decidió a la opinión pública de Gran Bretaña a resistir al fascismo.

!La opinión pública de Gran Bretaña decidió resistir al fascismo! No suena muy convincente esta narración de los hechos cuando incluso el propio Churchill, el más belicista de los líderes ingleses (y debía de serlo más que, como poco, las amas de casa de la isla) consideró que el fascismo representaba un baluarte contra el comunismo y había elogiado al régimen de Mussolini en demasiadas ocasiones. La motivación de “resistir al fascismo” resultaría aceptable atribuírsela a un antifascista de extrema izquierda, pero no a la prudente y conservadora “opinión pública” del país mercantil por antonomasia, la Gran Bretaña, patria del comfort. En suma, de acuerdo con la fábula de Hobsbawm, el belicismo populista inglés habría forzado al gobierno de Londres y éste arrastró al de Paris:

A su vez, ello forzó la decisión del gobierno británico, hasta entonces remiso, y éste forzó a su vez al gobierno francés, al que no le quedó otra opción que alinearse junto a su único aliado efectivo. Por primera vez, la lucha contra la Alemania de Hitler no dividió, sino que unió a los británicos, aunque todavía sin consecuencias.

!Sin consecuencias nada menos que el desencadenamiento de una guerra  mundial! Una guerra no querida por nadie, sólo por masas inglesas convertidas de repente al antifascismo (discurso estaliniano) de las Brigadas Internacionales! Quisiera saber cómo se documenta, cómo se demuestra que el pueblo británico quiso la guerra contra Alemania para “resistir al fascismo”. Sólo pido alguna prueba de semejante pretensión. ¿De qué manera, además, “lo supo” el gobierno británico? ¿Acaso encargó una encuesta? ¿Se guió por los titulares de los periódicos? ¿Vamos a confundir la opinión pública con la “opinión publicada”? Se nos han contado siempre historietas ejemplarizantes con papeles bien repartidos de “buenos” y “malos”, pero ya no estamos de humor para la habitual tomadura de pelo de los “intelectuales” progres.

No se puede negar que en la doctrina política de Hitler detectábase nítidamente el proyecto de invadir Rusia y erradicar el comunismo, pero Inglaterra era precisamente el primer país que podía contemplar semejante ideario como una garantía de que los bolcheviques no extenderían por toda Europa sus atroces y, estos sí, declarados planes de exterminio. Una agenda ya suficientemente acreditada, con 13 millones de víctimas por las mismas fechas en que Alemania se anexiona Checoslovaquia e invade Polonia. Sobre el imperialismo y colonialismo alemán conviene añadir que tampoco eran potencias coloniales como Inglaterra y Francia las instancias más apropiadas para criticar a Hitler por su aspiración de aplicar al Este de Europa aquéllo que los ingleses y los franceses llevaban siglos practicando en África, la India y el mundo entero. Y era el racismo contra los pueblos de color y la explotación económica más descarada de los países coloniales, y no los “derechos humanos”, aquéllo que sustentaba los imperios británico y francés. Imperios conquistados —conviene, en fin, recordarlo también— a cañonazo limpio y no a base de repartir confeti entre los indígenas. ¿Había algo que reprocharle a Alemania —país harto discreto en el reparto de la tarta planetaria— que esta castigada nación no hubiese aprendido, con sangre o sin ella, de la Gran Bretaña, Francia, Rusia y los Estados Unidos? ¿O es que el imperialismo y el racismo sólo son “perversos” cuando ostentan signo germánico y amenazan los intereses hegemónicos colonialistas, racistas e imperialistas de Londres, París y Washington?

Por tanto, con respecto a la ideología geopolítica de Hitler, cabe afirmar de forma contundente que no se diferenciaba, en lo fundamental, del imperialismo occidental, y que no pudo ser la “causa” unilateral de la Segunda Guerra Mundial porque, compartida por todos los países europeos, incluida la pequeña pero asaz genocida Bélgica, estaba bien lejos de caracterizar a Alemania. ¿Dónde ha sido demostrado que la invasión de Polonia pueda definirse como el primer paso hacia una guerra mundial planeada por Hitler, máxime cuando los objetivos ideológicos del Führer habíanse fijado en el Este y, precisamente, resulta que Hitler era, a la sazón, aliado de la Unión Soviética? Por mucho que la doctrina geopolítica nazi incluyera la Ucrania anexionada funcionando como granero de una Gran Alemania (al igual que la concepción inglesa incluía la esclavitud del subcontinente indio), esto era ideología y no “explica” sin más el factum concreto de la invasión alemana de Polonia el 1º septiembre de 1939.

En cambio, tenemos por incontestablemente cierto que fueron Gran Bretaña y Francia quienes declararon la guerra a Alemania alegando los derechos de la Polonia invadida, cuando, sorprendentemente, no declararon la guerra a la URSS a pesar de que, en cumplimiento del pacto Molotov-Ribbentrop, ésta también invadió Polonia y luego se anexionó Lituania, Letonia y Estonia. Por si fuera poco, la URSS invadió además Finlandia, pero los adalides de la “democracia” jamás movieron un dedo para preservar la independencia de dichos países. De tales evidencias sólo cabe concluir que la “defensa” occidental de Polonia se esgrimió como una típica coartada humanitaria de los fariseos de siempre, esta vez para desencadenar una guerra de exterminio contra Alemania. Insistamos: no contra el “fascismo” per se, sino contra una Alemania a la que el fascismo había vuelto más poderosa. !El problema era Alemania (entiéndase: una Alemania fascista y no una Alemania fascista)! La pregunta: ¿quién quiso esa guerra en Inglaterra si no la quería el pueblo británico ni tampoco buena parte del estamento político londinense?

¿POR QUÉ TODOS LOS GENOCIDIOS NO PUEDEN SER MEDIDOS POR EL MISMO RASERO QUE EL HOLOCAUSTO?

EL JUICIO DE NUREMBERG VISTO EN PERSPECTIVA

Me parece que el ataque norteamericano a España (con el fraudulento autohundimiento del acorazado “Maine”), que provocara la denominada guerra de Cuba, o la reciente guerra de agresión aliada contra Iraq, ilustran a satisfacción sobre el tipo de mecanismos que pueden llevar a las potencias capitalistas occidentales a desencadenar un conflicto bélico. Sostengo que el análisis comparado permite comprender la Segunda Guerra Mundial como una guerra de agresión del mismo tipo que las provocadas por ciertos “poderes económicos” de Occidente contra potencias que puedan resultar molestas para sus designios de hegemonía oligárquica mundial.

Así las cosas, la cruzada “democrática” de 1939-1945 podría anunciar, en los hechos y pese a Hobsbawm, un anticipo de cosas tan “humanitarias” como la guerra de Iraq (2003). Ahora ya no pueden engañarnos los oligarcas occidentales con su cómic del soldado Ryan (“un hombre decente”), conocemos perfectamente su catadura moral: hémosla visto actuar ante nuestros propios ojos a lo largo de décadas, la gente común sufre ya a estos criminales y experimenta las consecuencias del “antifascismo” en sus propias carnes, en la miseria de familias que son nuestros vecinos, en la opresión y exterminio del pueblo palestino…

Somos conscientes de que el 11-S constituye sólo el montaje de un casus belli de parecidas características que el invento de las “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein o el “programa nuclear” iraní. La invasión de Polonia por Hitler, inevitable a tenor de los abusos perpetrados por Occidente contra Alemania en el Tratado de Versalles, juega el mismo rol propagandístico que la “amenaza” iraquí o “islamofascista”, y “el Holocausto” que los crímenes de Saddam Hussein en Kurdistán y Bashar el-Assad en Siria, legitimación a posteriori de la “guerra justa” esgrimida siempre por los “santurrones” judeocristianos (mientras Blackwater cuenta las monedas). Los genocidios sólo pasan a ser importantes cuando conviene al oligopolio usurario de la Reserva Federal y según quien los cometa o cuáles sean las víctimas; “amenazas” o “agresiones” son siempre las acciones militares del enemigo, pero del enemigo… de los “inversores” (para decirlo suavemente). Nos hemos aprendido de memoria las fórmulas exoneradoras de la farsa humanitarista, y si no creemos a Rajoy cuando explica sus relaciones con Bárcenas, o la versión oficial del 11-M, ¿por qué habríamos de creernos las mentiras sobre las causas de la Segunda Guerra Mundial? ¿Acaso un límite sagrado o una mágica solución de continuidad separa ambas series de hechos? ¿Es que el cuestionamiento del pueril imaginario de Hollywood hace tambalearse el equilibrio psicológico y hasta la identidad personal de analistas por lo demás honestos y críticos con los EEUU o Israel?

Lo dicho no abona, conviene subrayarlo, a Hitler, ni convierte a los nazis en hermanitas de la caridad por el simple hecho de haber combatido con singular y heroica determinación el canallesco poder mundial de la oligarquía financiera, pero la patencia de los hechos nos fuerza a retomar, como siempre, el fenómeno del antifascismo, la barrera simbólica invisible que protege a los eternos criminales impunes y distorsiona el sentido mismo de la narración histórica hasta hacerla literalmente incomprensible, mítica (=no científica).

La respuesta a la pregunta que plantea esta entrada del blog es que hubo intereses ocultos y bastardos en la declaración de guerra a Alemania. Son esos “intereses”, y no la maldad hollywoodiense de “los nazis” —un cuento para esos niños adultos que son los ciudadanos occidentales acunados entre los algodones de la sociedad de consumo—, los causantes de la Segunda Guerra Mundial. Ésta no la provocó Hitler. Es un hecho: Hitler no quería una guerra mundial ni pretendió —y existen razones y fundamentos adicionales, que ahora no desarrollaré, para sostener esta afirmación— agredir a Francia e Inglaterra. ¿Por qué Londres desencadenó y promovió entonces esa guerra mundial contra Alemania en nombre de las consabidas paparruchas humanitarias? Un auténtico historiador debería poder responder a esta pregunta de forma convincente. Pero la política, la misma política que “quiso” el desastre, impide a los historiadores occidentales reconocer la verdad cuando la tienen ante sus mismísimas narices. Y hasta que los ciudadanos no comprendan la relación existente entre estos hechos aparentemente tan alejados de sus vidas cotidianas y las atrocidades que la oligarquía está perpetrando en perjuicio de los trabajadores de la nación, toda “lucha social de izquierdas” será corta de miras, e incluso ciega, por lo que concierne al verdadero enemigo político, aquéllo que todos los pueblos del mundo deberían combatir sin piedad. El capitalismo, empero, ya envenenó a la izquierda tiempo ha con los “valores burgueses”, de ahí la impotencia de las fuerzas políticas socialistas, si es que queda algo de ellas en la hedionda realidad de los parlamentos “democráticos” de Occidente, a la hora de plantarle cara a esa bestia asesina denominada Gran Capital.

Jaume Farrerons

La Marca Hispànica

1º de enero de 2013

LA HISTORIA DE EEUU ES EL EXPEDIENTE POLICIAL DE UN ASESINO EN SERIE

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