¿A QUIÉN Y PARA QUÉ HA SERVIDO EL EX PRESIDENTE DE LOS EEUU? Cuando el Colegio Electoral certifica ya su derrota en las pasadas elecciones —aunque, ¡ojo!, no su desaparición política definitiva— podemos comenzar a hacernos preguntas sobre el verdadero significado de la época trumpista. A tales efectos bastará realizar una sencilla comprobación. Antes de que el demagogo Trump conquistara en 2016 la presidencia de los EEUU, el neoliberalismo, la globalización, la oligarquía financiera y aquéllo que, en términos generales, podemos denominar el sistema liberal-capitalista occidental, aparecía completamente desacreditado ante las masas populares de los EEUU, las cuales clamaban por un cambio. Alternativa política discutible en sus detalles pero que, en todo caso, debía ir en una dirección muy clara, a saber: poner fin a las políticas descontroladas de inmigración, restaurar el proteccionismo económico, promover los nacionalismos gentiles frente a mundialización, la globalización económica, la deslocalización de empresas y la desindustrialización de Occidente, refundar la democracia desde la base como auténtico poder del pueblo, proteger el trabajo y las familias de la población autóctona todavía mayoritaria, erigir un nuevo Estado social, es decir, en definitiva, instaurar un populismo democrático bien entendido frente al elitismo oligárquico. Después de Trump, todas estas ideas han quedado a su vez desacreditadas y el sistema liberal-capitalista occidental, con un lavado de cara —por contraste con el oscuro pasado racista, misógino y autoritario que Trump representa, puede volver a las andadas. La Gran Recesión oligárquica de 2008 ha sido simbólicamente amortizada. La oligarquía fabricó así un pelele que, en el imaginario popular, debía quedar asociado, como un reflejo pavloviano irracionala las ideas que las élites financieras más odian y conseguir que, al ser el personaje “populista” finalmente también odiado por el pueblo, las ideas en cuestión resultaran a la postre objeto de mofa, desprecio o temor para la gente común. En efecto, frente a quien las reivindique, bastará a partir de ahora con el argumento de que eso era lo que defendía Trump. Y fin de la discusión. La oligarquía se ha anticipado, pues, al advenimiento de un verdadero líder popular construyendo un falso líder popular. Y ha aniquilado de antemano la posibilidad de la alternativa socialnacionalista quemando in effigie y por décadas su peligrosa credibilidad. Mientras tanto, la política real de Trump ha seguido siendo tan oligárquica como la de Obama y, con él, la élite se ha permitido incluso abusos criminales que nunca le serán imputados a sus auténticos beneficiarios (como es el caso del Estado de Israel), antes bien se sumarán al pasivo de errores, terrores (pandemia) y fechorías provocados por la excentricidad, el desequilibrio mental y el carácter nazi-Hollywood del demagogo Donald J. Trump. 

DONALD J. TRUMP: “YO SOY EL ELEGIDO POR DIOS”

LA ELECCIÓN DEL FÍSICO

Que en Trump se detecten antepasados alemanes y encarne físicamente, como Boris Johnson, el tipo ario —rubio y de ojos azules— del imaginario nazi, no es casualidad. Su elección por la oligarquía ha sido cuidadosamente meditada. Aquéllo que más teme la oligarquía financiera es una especie de nuevo Hitler que la meta en cámaras de gas. De manera que el histrión oligárquico tenía que representar el guión de la pesadilla hollywoodiense, a saber: un segundo Hitler —esta vez gobernando América— y reforzar todos los estereotipos political correctness al respecto.

De manera que, mientras la prensa atizaba el supuesto fascismo de Trump, un curioso silencio envolvía hechos incontestables como la conversión de Ivanka Trump al judaísmo, su matrimonio con el judío Jared Kushner y la política rabiosamente sionista de la Casa Blanca en provecho único y exclusivo del Estado de Israel.

UN PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA AFIRMA QUE EL JUDÍO SIONISTA JARED KUSHNER ES QUIEN MANDA EN LA CASA BLANCA

La primera cuestión que cabe plantear, por tanto, en una reflexión sobre la época trumpista, es si Trump pertenecía o no a las famosas “élites” contra las que ha estado rebuznando a lo largo de años.

La palabra élite ostenta connotaciones axiológicas positivas cuya ambigüedad ha sido utilizada de manera calculada por la prensa oligárquica y hasta por el propio Trump. Por una parte, las élites se distinguen del pueblo porque representan una selección de los más preparados —meritocracia— frente a la masa de los más mediocres o vulgares. Por otra, las élites son malvadas —connotación axiológica negativa— porque se oponen al pueblo y sus legítimos intereses democráticos —morales y materiales— como mayoría de la nación. El confuso significado del término populismo deriva de esta doble y contradictoria acepción. El mensaje de Trump consistía en presentarse como encarnación del pueblo frente a las malvadas élites y, al mismo tiempo —recogiendo la acepción positiva del vocablo élite—, en cuanto ejemplo de la verdadera élite: Trump, el hombre del pueblo que se hizo a sí mismo.

¿ÉLITE U OLIGARQUÍA?

Debido a dichas ambigüedades semánticas, nosotros preferimos la palabra oligarquía para referirnos a la élite en sentido negativo y, si empleamos el término “élite” alguna vez, haciendo una concesión a la jerga de la prensa liberal que trabaja precisamente al servicio de los oligarcas, debe entenderse como sinónimo de oligarquía, no como designación del grupo de las personas más capacitadas —intelectual o moralmente hablando— de la nación en cuestión. Dicho esto, conviene aclarar que la oligarquía no está formada por élites en su acepción positiva, es decir, por los más capacitados, sino por los más ricos y, a menudo, los más inmorales, parásitos improductivos y casi siempre auténticos ignorantes, notorio caso de Donald J. Trump. Y si en algún país, verbi gratia los EEUU, existen verdaderas élites, no ocupan la cúspide del poder oligárquico, sino que, en buena parte de los casos, aparecen subordinadas y al servicio de ese mismo poder en calidad de meras élites intelectuales de especialistas y profesionales; mientras que las élites morales se oponen necesariamente a la oligarquía y actúan al servicio del pueblo trabajador —según la connotación positiva de la palabra “pueblo”— en tanto que mayoría productiva de la nación.

De hecho, las élites morales nacionales son en realidad esos trabajadores que sostienen a sus familias, caen los primeros en los frentes de batalla y se movilizan contra los parásitos oligárquicos para defender la patria, el pan y la justicia. Un hábil y eficaz abogado de Harvard puede ser identificado como miembro de la élite en el sentido profesional, pero también puede resultar un perfecto mafioso a sueldo de los peores criminales. Otro tanto puede aseverarse actualmente de los políticos, los periodistas, los intelectuales… ¿Qué significa, por tanto, élite? Hablemos, mejor, de oligarquía parasitaria frente a pueblo trabajador, entonces entenderemos que la élite es en realidad un sujeto colectivo —no un individuo o un grupo, suma de individuos— que se identifica con la nación. Y el enemigo de la oligarquía son “las Naciones”, que eso significa la palabra “gentiles”, léase: gente

201.316 MUERTOS O EL GENOCIDIO DE TRUMP

TRUMP O EL HISTRIÓN DE LA OLIGARQUÍA

Hechas estas aclaraciones, cabe concluir lo siguiente: Donald J. Trump es un miembro de la oligarquía judeo-cristiana que domina, como un parásito, los EEUU. Y sus víctimas han sido los trabajadores blancos, ésos que le votaron esperando un cambio que nunca llegó porque no podía llegar, porque Trump era en realidad un oligarca y un falso líder popular. ¿Tendremos que recordar que sus propios seguidores, a quienes él instigaba para que vulneraran las medidas sanitarias anti-pandemia, han sido los principales perjudicados por el Covid-19? No hay nada en el legado de Trump que beneficie a los trabajadores blancos de la nación, pero sí puede afirmarse que Wall Street ha continuado enriqueciéndose con sus medidas desreguladoras de los flujos de capitales. No hay nada en el legado de Trump que responda a los intereses geoestratégicos de la nación americana, pero sí puede afirmarse que el Estado de Israel ha continuado expandiéndose, trasladado su capital a la ciudad musulmana de Jerusalén e instalado nuevas colonias ilegales en los territorios ocupados. El verdadero legado de Trump es el descrédito del nacionalismo gentil y el rearme moral del neoliberalismo oligárquico, ácido corrosivo de todas las comunidades nacionales del mundo. En próximos artículos analizaremos ese “legado” de Trump para demostrar, una por una, todas nuestras afirmaciones.

Figueres, la Marca Hispànica, 16 de diciembre de 2020

TRUMP CONOCÍA LA LETALIDAD DEL COVID-19 PERO ENGAÑÓ A LOS ESTADOUNIDENSES

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